Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
17 de diciembre de 2017
 

 
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1973 1974 1975 1976 1977 1978 1979 1980 1981 1982 1983  
  1973
  Antonio Ramos Espejo
  Paloma de luz para un tiempo de tinieblas
  Picasso ha muerto. Vive Picasso en este año, todavía de dictadura, cuando un atentado de ETA acaba con la vida del Almirante Carrero Blanco, el disco duro que Franco tiene instalado en su cerebro. El obispo Buxarrais llega para romper moldes desde una catedral ocupada por los trabajadores de Intelhorce, que ganan un pulso al régimen. Antes de llegar a este punto de la Transición, la memoria nos lleva a la posguerra, a los años del hambre, de los presos políticos, los topos y los maquis, con dos nombres propios: Girón de Velasco y Herrera Oria. Un trayecto largo que va dejando jirones, corazones rotos entre redadas y caídas, pero también señales de esperanza, como la creación de un ateneo para recuperar la memoria manchada y las bases de una universidad para diseñar los cimientos del progreso. Y tras ese paréntesis de la historia, echa a volar la paloma picassiana como el símbolo más universal que ilumina un tiempo que, todavía, es de tinieblas.

Introducción con Gerald Brenan.
La posguerra trae la desolación y la hambruna. En Málaga, una ciudad de calle, se ven con claridad los efectos de la hambruna. Sobrevivir cada día es un milagro. Del paraíso al infierno sólo hay un paso. Málaga vive ese tránsito con la crueldad de una guerra, que se ceba con los perdedores. Los años que siguen a la proclamación de la victoria franquista son la respuesta de los vencedores, la prolongación de la venganza de Queipo de Llano sobre la población que se le había resistido. Gerald Brenan, que había tenido la fortuna de vivir en un paraíso soñado, después de su experiencia en Yegen, en la Alpujarra granadina, conoce las secuelas de una ciudad en llamas al verse obligado a abandonar su casa de Churriana. Escritor prohibido a raíz de la publicación de El laberinto español, tiene la oportunidad de hacer un viaje fugaz a Andalucía, a su casa que había dejado al cuidado de sus criados, a sus escenarios tan queridos, para luego plasmarlos en el libro La faz de España. El cuadro que traza sobre la pobreza reinante, la vida de los pobres más pobres, por lo que ve en ese año de 1949 y por lo que le cuentan de años anteriores, es estremecedor, especialmente cuando denuncia, en general, a la sociedad triunfante y, en particular, a la Iglesia al comparar el oficio del periodista, que cobra por artículo, con el del sacerdote, que se negaba a rezar por el alma del pobre difunto si no le pagaban por el entierro. Al preguntarle a una mujer, que luchaba mendigando por mantener con vida a un marido enfermo y a tres hijos, si alguna vez iba a misa, respondió: “–¿Cómo puedo, con estas ropas?” (...) “La religión –apostilla Brenan– es un lujo que sólo pueden permitirse aquellos que tienen un buen empleo”.

En ese ambiente amargo de Málaga, el viajero logra aislarse de la violencia ambiental –aunque sea por unos momentos– cuando viaja en el trenecillo que parece discurrir por una línea marítima, entre aguas azules y cañaverales, hasta Torre del Mar y Vélez-Málaga, entre un estrafalario vaivén de estraperlistas, buscavidas de todo tipo y guitarristas que pasan el platillo. Incluso en esos momentos de calma, Brenan toma notas, como lo hace en ese mismo viaje cuando descubre en Granada que la tumba de Federico García Lorca no está en el cementerio de Granada sino en el barranco de Víznar y Alfacar. El hispanista habla de cuanto ven sus ojos, de experiencias directas. Ronald Frasser, que recorrerá España años después y estudiará también la posguerra a través de Mijas, dice que esta obra de Brenan “proporciona la mejor información sobre la Andalucía de los años del hambre”.

Los hombres de la sierra. En este viaje de reencuentro, Brenan se tropieza con la versión renovada del bandolero, sólo que se sitúa en una España diferente y ante un fenómeno que no ha sido potenciado por el romanticismo de los viajeros ingleses y franceses, sino que ha surgido de las mismas entrañas de la posguerra y, por lo tanto, tiene que encararlo en su vertiente real. A lo largo de su recorrido por el Sur, pregunta, a partir de la primera información, sobre estos hombres que viven en las sierras, que secuestran, matan si no son cumplidas sus exigencias y son perseguidos por la Guardia Civil. El fenómeno del maquis se extendió por varias regiones de España y tuvo una fuerte presencia en Andalucía, como ha investigado provincia por provincia Eduardo Pons Prades.

En Andalucía, el maquis estuvo localizado en dos grandes zonas: la de la 3ª Agrupación del Ejército guerrillero, que actuaba en Córdoba, Sevilla, Huelva y parte de Badajoz, provincias dominadas por los grandes terratenientes, con ingentes masas de jornaleros a su servicio, donde “el PCE y los anarquistas tenían la mayor parte de sus simpatizantes y colaboradores, y fue a partir de estos apoyos donde se formaron las guerrillas y fue, además, una de las más temidas por las fuerzas represivas, y una de las que duraron aún después de que los comunistas decidieran disolver las guerrillas”, señala Rafael Gómez Parra. La otra gran zona guerrillera, según el mismo autor, estaba organizada en torno a las sierras del Sistema Penibético de Granada y Málaga.

En Málaga, en Churriana y en Granada, por donde se mueve con más soltura y tiene la posibilidad de hablar con más confianza con gente conocida, Brenan tiene también la ocasión de conocer más datos y situaciones concretas. De los nuevos bandidos de Ronda, una zona de bandidaje tradicional idealizada por los románticos, escribe: “Durante los últimos días hemos oído hablar de los bandidos en la Sierra de Ronda. Desde sus cuevas y fortalezas en las montañas dominan amplias zonas, incluidos muchos pueblos. Toda la Serranía se halla acordonada por la Policía que, sin embargo, se muestra muy poco ansiosa de arriesgar sus vidas atacándoles. Y los bandidos, por su parte, permanecen tranquilos y muestran escasos signos de su existencia. Sólo de tanto en tanto secuestran a algún hombre rico y piden rescate por él, y con el dinero que obtienen de esta forma vuelven a llenarse de provisiones”. Cuenta a continuación algunas de las historias que circulaban en Málaga y Granada sobre el maquis, con ejemplos con los que intenta demostrar la creciente popularidad de los bandidos: “La gente de la región los protege, e incluso sus enemigos oficiales sienten a menudo un afecto latente hacia ellos. Ningún español puede impedir sentir respeto a un hombre que es valiente y que desafía con éxito a la autoridad”.

El maqui más traidor. Los niños de aquellos años cincuenta oíamos hablar de las hazañas de unos héroes de andar por casa, que se llamaban los “hombres de la sierra” o maquis. Pero también llorábamos las muertes de guardias civiles, de gentes cercanas a nosotros o nos entristecía saber del secuestro de algún familiar. Esa pasión de aventura y dolor se vivía en muchas zonas rurales. Esos mismos sentimientos han acompañado a generaciones durante los dos últimos siglos de bandolerismo, de anarcosindicalismo y de maquis. No todos aquellos hombres que se echaban al monte pertenecían a las guerrillas que intentaban combatir el régimen de Franco, encuadrados en organizaciones comunistas, socialistas y anarquistas. En el maquis no todo era PCE ni CNT, las dos grandes organizaciones, permanentemente enfrentadas entre sí. Había también un tipo de maquis, más conocido en esta variante como bandido u hombre de la sierra, que es el que más conectaba con los bandoleros de las partidas de épocas anteriores: a este tipo pertenecían los hombres, en su mayoría jóvenes, que se echaban a la sierra, al monte, tras haber cometido un delito, como robar un saco de garbanzos, o una gallina, o delitos de mayor envergadura, y tomaban ese camino antes de caer en las manos de la Guardia Civil y pasar a los cuartelillos, donde sufrían toda suerte de torturas antes de ser enviados a la cárcel. Estos hombres, una vez en la sierra, seguían actuando por libre o pasaban a engrosar las filas de las organizaciones guerrilleras comunistas o anarquistas.

Si en los tebeos de la época reinaba la figura de Roberto Alcázar y su acompañante Pedrín, en nuestras vidas reales se nos decía que había un personaje heroico, o diabólico, según quien contara el relato. En la guerrilla del Sur, sobresalía la organización que operaba en las sierras de Málaga y Granada. Sus acciones duraron hasta el inicio de los años cincuenta. Aquel maqui no era un forajido cualquiera, sino un político, convertido en el gran estratega contra el que la Guardia Civil tuvo que emplear todas sus fuerzas. Cuando José Muñoz Lozano, llamado Roberto, se hizo cargo de esta agrupación, era un apuesto y culto joven manchego de 32 años. Su imagen levantaba pasiones de leyenda.

¿Qué fue de aquel maqui que desafiaba la autoridad presenciando una corrida de toros o ingeniándoselas para verse con sus amantes? Casi nadie, y menos aún sus compañeros de partido, han sabido, o no han querido contar el verdadero final de aquel intrépido guerrillero. Recuerdo que en el verano de 1975 le organicé a Eduardo Pons Prades, que preparaba entonces la obra Guerrillas españolas, un encuentro insólito entre un secuestrado y un secuestrador: mi tío Adolfo Rivera y Francisco Aguado, Medioquilo, uno de los componentes de la partida de Felipe, que se lo llevó en 1950 del cortijo de Las Ánimas, donde celebramos esa cita de convivencia. Desde allí, su padre fue a liberar a su hijo a un lugar de la Sierra de Játar con un buen fajo de billetes, sin que se enterara la Guardia Civil para no poner en peligro la vida del secuestrado. Mientras degustábamos un pollo matado en honor u horror de los recuerdos, el secuestrador relataba las hazañas de Roberto a petición del secuestrado, que nunca llegaría a superar su propio síndrome de Estocolmo. Ignorábamos entonces más datos que los aportados por la literatura del boca a boca.

Han sido primero sus camaradas de Nerja, con un libro sobre la historia del PCE en esta ciudad costera, los que han revelado el verdadero rostro de este maquis. El desconocido perfil de traidor tendría la ocasión de ser corroborado en otra obra, Maquis, por Secundino Serrano: “Roberto, que respondía a la identidad del madrileño José Muñoz Lozano, resultó ser el hombre que mereció el título de “el traidor de los traidores”. Traicionó a los últimos de su partida en la sierra de Frigiliana, creyendo que iba a salvarse se dispuso a colaborar activamente con el teniente coronel de la Guardia Civil, Eulogio Limia Pérez. Pero de nada le sirvió, porque fue también fusilado el 22 de enero de 1952 en el cementerio de Granada”. Algo así ocurrió con El Tempranillo. Pero ésa es otra película del género romántico. Ya lo había advertido Albert Camus cuando sentencia que todo revolucionario termina por convertirse en un traidor o en un hereje. Lecciones de la historia.

Los topos. Otro grupo lo forman los hombres ocultos, los llamados topos, entre los que se encuentran políticos republicanos y también maquis de distintas procedencias. Muchos de estos topos lograron sobrevivir al franquismo o beneficiarse de un perdón especial en el año 1956 y del decreto de 1969. El caso más conocido en Andalucía es el que protagoniza el alcalde republicano de Mijas, Manuel Cortés Quero (1906-1991). Su historia merece una biografía del periodista inglés, Ronald Fraser: In Hiding: The Life of Manuel Cortés (Oculto: La vida de Manuel Cortés, 1972), autor también de Mijas. República, guerra, franquismo en un pueblo andaluz, obra construida a base de relatos de los hombres y mujeres de este pueblo, situado entre la sierra y la costa, del que un campesino dice: “Ahora la llaman la Costa del Sol; la costa del hambre es lo que era antes”. El relato de su experiencia aparece también en Los Topos (1977), de Jesús Torbado y Manuel Leguineche, obra que da a conocer ampliamente las peripecias de hombres por escapar de la muerte y sobrevivir, y que nos sirve de fuente para recordar aquí una historia desde la República hasta la democracia. Manuel Cortés Quero, barbero, un oficio que había aprendido de su padre adoptivo, Fernando Flores, había fundado clandestinamente el sindicato UGT y el PSOE antes de la República. En las primeras elecciones locales de la República es elegido concejal socialista del Ayuntamiento de Mijas, del que se convierte en alcalde el 3 de marzo de 1936. En los primeros días de la Guerra Civil, los acontecimientos se precipitan. El alcalde de Mijas se une al éxodo que ya antes habían emprendido su mujer, Juliana, y su hija de año y medio. Decide después que su familia regrese a Mijas, mientras él continúa su huida hacia Almería. Después de muchas vicisitudes como combatiente republicano, decide regresar a su pueblo terminada la guerra. El 17 de abril de 1939 llama de noche a la puerta de su padre. La sorpresa es mayúscula. La familia, con Juliana convertida en la estratega de la nueva situación, le convence para que no se entregue porque los fascistas le esperan para ejecutarlo. Comienza entonces su vida de topo, que dura 30 años. Primero, durante casi dos años, en un escondrijo, después en la casa con Juliana y su hija. Manuel se oculta en una habitación de la vivienda de dos plantas. 30 años es una vida de sufrimientos, de angustias, de registros, de inquietud y desvelos, pero también de esperanza con la oreja pegada a la radio, que le puede proporcionar algún resquicio para la libertad en la que sueña.

El relato de Torbado y Leguineche describe, en primera persona, las noches y los días de un topo, el crecimiento de un pueblo turístico, hasta que Manuel oye la esperada noticia en la radio. “Faltaba ya muy poco, menos de lo que yo imaginaba, para volver a la vida, para existir legalmente. El viernes 28 de marzo de 1969, a las diez de la noche, estaba, como de costumbre, con la oreja pegada a la radio para escuchar el parte que diera referencia de los acuerdos tomados por el Gobierno. Fue el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, el encargado de anunciarlos. Se me formó un nudo en la garganta cuando el ministro leyó algo que por la emoción del momento no pude comprender cabalmente, algo sobre un perdón que Franco concedía para los delitos cometidos desde el 18 de julio de 1936 hasta el primero de abril de 1939.

Era lo que yo esperaba desde hacía 30 años, pero me contuve y me dije:
–Manolo, puede ser una alucinación, tranquilo, no vayas a echarlo a perder ahora.
Bajé los escalones de dos en dos. Juliana cosía en el salón.
–Juliana –le dije–, acabo de escuchar por la radio sobre un decreto-ley de amnistía que ha dado Franco, es necesario que pidas el Boletín Oficial del Estado al portero del Ayuntamiento (...)
El alcalde de Mijas, don Miguel González Berral, se portó muy bien conmigo. Nos acompañó a mi mujer, a mi yerno y a mí hasta el cuartel de la Guardia Civil de Málaga, al despacho del primer jefe de la 251 Comandancia. ‘Es usted libre’, me saludó el teniente coronel. Así de sencillo fue todo. Recibí después un documento provisional de identidad y regresamos a Mijas, en el coche del alcalde. En la plaza del pueblo había una aglomeración de gente que me esperaba enterada de la noticia. Apretones de manos, achuchones, abrazos, hicieron que terminara por esconderme otra vez en casa. Me esperaban allí mi hija y mis dos nietecitas, que al verme rodeado de tanto personal comprendieron que todo había pasado, que el abuelo tenía nombre, que se llamaba Manuel y que era libre”.

El 13 de abril de 1969, el diario Sur informa: “Al prescribir las responsabilidades de la Cruzada”. “Manuel Cortés Quero ha permanecido treinta años encerrado en casa. Fue el último alcalde de la época republicana de Mijas”. “Su mujer Juliana Moreno López ha sabido guardar celosamente el secreto que tan sólo compartía con su hija María”.

Un sagaz editorialista del Movimiento, al leer en un reportaje que el topo de Mijas daba sus primeros pasos vacilantes con unos zapatos que –según él mismo confesaba– lo estaban matando, escribe: “Manuel Cortés vuelve hoy a la paz de España, a reemprender el paso alegre de la paz”. Cuando en realidad lo que pensaba Manuel lo tenía muy guardado en su alma: “Los mejores años de mi vida los he pasado entre paredes. Nunca cedió mi fe en la democracia. La tiranía de la dictadura no puede durar eternamente”. Con paciencia esperó, en su nuevo estatus, que le llegara el paso alegre de la democracia para ir, con unos zapatos más amoldados a sus pies, al nuevo ritmo de las libertades, como hará años después, el 15 de junio de 1977, al acudir a las urnas para depositar su voto libre y secreto en las primeras elecciones democráticas, en las que en Mijas vuelven a ganar los socialistas.

El dramaturgo Arthur Miller, autor de Panorama sobre el puente, comenta al leer la obra de Ronald Fraser: “El libro de la vida de Manuel Cortés Quero es como un mensaje intacto dentro de una botella entre los despojos de la playa de la historia”.

Un escondrijo en Genalguacil.
El último guerrillero, según el libro de Los Topos, es Pablo Pérez Hidalgo, alias Manolo el Rubio, localizado en Genalguacil. El 9 de diciembre de 1976 la agencia Cifra da la noticia: “Fuerzas de la Guardia Civil de la Compañía de Ronda acaban de detener al que puede ser considerado como el último bandolero de la serranía, en la que llevaba escondido más de 27 años. Se trata de Pablo Pérez Hidalgo, de 65 años, alias Manolo el Rubio, natural de Bobadilla. Se encontraba escondido en el cortijo El Cerro del término municipal de Genalguacil desde el año 1949, “haciendo vida marital con Ana Trujillo Herrera, alias la Oveja, de la que no ha tenido hijos. El marido de la Oveja fue fusilado durante la guerra”.

“No admito que me tachen de bandolero y asesino porque un revolucionario auténtico no asesina a nadie”, declara al ser detenido. El Rubio, hijo de una familia de campesinos, analfabetos, milita en el PCE. Combatiente en la guerra, decide echarse al monte para hacerse guerrillero. De ese episodio, El Rubio relata algunos hechos aislados que le sucedieron, como el enfrentamiento en un cortijo de Alpandeire con la Guardia Civil y los siete componentes de su partida. Resultados: tres guardias civiles muertos y tres guerrilleros heridos. En 1949, con una pierna atacada de reuma, decide disolver la agrupación “Fermín Galán”. Se construye entonces un escondrijo en la sierra de Genalguacil, en connivencia con la familia Trujillo (los Oveja). Desde entonces vive aislado gracias a Ana, con la que mantiene una relación y le sirve de enlace. El Rubio rechaza los indultos de 1969 y el decreto de Amnistía, por provenir de manos de Franco. En 1976, con la Amnistía del rey Juan Carlos, prepara sus papeles aconsejado por don Manuel, cura de Estepona. Mientras tanto, baja la guardia e igualmente hace Ana que, en lugar de comprar un paquete de tabaco, compra ya un cartón, levantando las sospechas del estanquero, que da parte a la Guardia Civil. En esas circunstancias es detenido en su escondrijo. Puesto a disposición del juzgado de Marbella, el juez lo deja en libertad.

Ya en libertad descubre que su novia de Bobadilla, a la que había dejado embarazada en 1936, había muerto, pero tiene la fortuna de abrazar a su hijo y de casarse con Ana la Oveja, así como de conocer la victoria de los comunistas en Genalguacil el 15 de junio de 1977. En Los Topos, ya despojado definitivamente del alias de El Rubio, confiesa Pablo Pérez Hidalgo: “De nada de lo que he hecho me arrepiento. Nací rebelde y moriré rebelde. Creo que no me equivoqué, simplemente no había para mí otra salida”
De los “topos” registrados por Torbado y Leguineche hay otros dos casos de la provincia de Málaga. “Vivos de cuerpo presente” registra la historia de los hermanos Juan y Manuel Hidalgo España, de Benaque, topos de esta localidad malagueña, aunque nacidos a cinco kilómetros, en Almáchar. Juan y Manuel, militantes ugetistas, participan del éxodo de republicanos hacia Almería, combatientes republicanos hasta que deciden volver a Benaque, donde cada uno de ellos en una casa deciden ocultarse durante 28 años hasta que en 1966, acogiéndose a un perdón de los años cincuenta, salen de sus escondites para formalizar su situación.

La novia es otro relato que cuenta la experiencia de María Teresa Ramos y Juan Jiménez Sánchez, alias Juan Cazallero, en Alhaurín el Grande. Una historia de amor, en la que el oculto (“durante 13 años”) es el novio, combatiente republicano, preso, sometido a trabajos forzados, quien se escapa para encontrar refugio en la Legión, deserta y, más tarde, se convierte en guerrillero por las sierras de Málaga, una situación que termina cuando su novia decide esconderlo en su casa de Alhaurín el Grande, donde fue detenido en septiembre de 1957. A los siete años de prisión, en 1965, Juan se beneficia de un perdón del Día del Caudillo.

Los rojos. Si hablar del maquis era materia de delito, como interesarse por la política en general, mencionar a los rojos o, aún peor, establecer un contacto, podría ser aún más peligroso. Brenan sabe el terreno que está pisando, las cautelas que tiene que tomar, aunque a veces, como le ocurre en Málaga, se deja llevar por las circunstancias y obtiene el retrato de la clandestinidad y la represión con la contundente ley de fugas, tomado de un testigo directo, que completa la auténtica faz que el autor quiere presentar de la España que ha encontrado en su reencuentro. Su informante es un hombre mayor de la serranía de Ronda, que le pone al corriente de la organización que mantenían “los rojos”, comunistas y socialistas, y la reacción del régimen al descubrirlos: “Los sospechosos o bien eran mantenidos en prisión sin juicio o llevados a algún alejado distrito de montaña donde sus cuerpos eran abandonados al lado de la carretera. Cuando los cadáveres eran descubiertos a la mañana siguiente, se daba por sentado que eran Rojos a los que había tenido que disparárseles cuando intentaban huir. Desde mayo de 1947, cuando a las fuerzas del orden se les dieron plenos poderes en algunas zonas, aquél era el método habitual de librarse de la gente indeseable”. No era de extrañar que algunos conocidos suyos de Málaga, los vecinos de Churriana, le sonrieran y llamaran su atención sobre temas políticos. Sabían el papel que el amigo inglés había jugado durante los dos primeros meses de guerra como propagandista en favor de la causa republicana. La gente le sonreía y él explica el porqué de esa mueca de afecto: “Ello se debe a las emisiones que hice contra el régimen durante la guerra”.

Encarnación Barranquero describe la situación comprometida de los llamados rojos: “Ni que decir tiene que cualquier actividad política o sindical de oposición estaba prohibida y castigada con la máxima pena. Además, la guerra y la represión “dejó descabezadas, exánimes a las fuerzas obreras y revolucionarias. No obstante, la oposición estaba en la cárcel y allí sería donde se reorganizaría el PCE En la ciudad hubo también intentos. Joaquín Luna había conocido a Domenech a través de la librería Rivas, sacando ambos la conclusión de que había que hacer algo más que las recaudaciones económicas que efectuaban grupos aislados. A tal fin, crearon una agencia publicitaria, Profucio, que serviría para facilitar avales –como empresa podían hacerlo–, a quienes lo necesitaran con apremio, siguiendo a partir de ahí una vida de persecuciones, lucha y cárcel.

Al margen de la propaganda de guerra, Mundo Obrero y otros periódicos afines, cada vez más, hablaban de “resistencia” y de “lucha en la zona invadida”. En Tánger y Gibraltar estaba el aparato del partido para organizar y dirigir el trabajo en la zona sur de España, donde se confeccionaba la propaganda y desde donde partían algunos militantes para hacer “contactos” en provincias como en Málaga, donde se reconocían relativas posibilidades no obstante las circunstancias del momento. Éste sería el origen de las organizaciones celulares, limitadas, unidas a la cárcel y con nulas probabilidades de trabajar de cara a la calle”.

Girón y Herrera Oria, reparto de papeles. Pronto descubre Brenan el auténtico rostro de Málaga, el que había quedado en la ciudad después de la entrada triunfal de Queipo de Llano. Ésta era ya la Málaga de los vencedores, la Málaga del falangista Girón de Velasco, que aparecía como el gran beneficiado del régimen, y la del obispo (años después cardenal) Ángel Herrera Oria. La Málaga de los jesuitas del Colegio San Estanislao de Kostka, El Palo, donde estudiaban los hijos de las clases pudientes de Andalucía, la de los grandes terratenientes de Antequera y Ronda, la Málaga de las inmundas chabolas, de los presos y de los represaliados, la Málaga del fiscal Arias Navarro. De Arias Navarro, el sucesor de Carrero Blanco en la presidencia del Gobierno de Franco y luego presidente del primer Gobierno del Rey (1975-1976), escribe Ángel Sánchez, en referencia a su paso por Málaga: “El implacable guardián del orden público en la dictadura (fue funcionario de la carrera fiscal, y en 1977 se publicaron alegatos en su contra bajo el sarcástico apodo de Fiscalito de Málaga)...” (Quién es quién en la democracia española, Flor del Viento Ediciones, Barcelona, 1995). Ahora, la sociedad malagueña no estaba polarizada entre derechas e izquierdas, sino entre los partidarios del representante de la Falange y del Gobierno y el representante de la Iglesia. Brenan sabe resumir en pocas líneas lo que ambos personajes y sus respectivas fuerzas –de falangistas y nuevos cacicones, por un lado, y, por otro, aquellos católicos afines todavía a los ideales de los Propagandistas– simbolizan en España y, concretamente, en Málaga.

“La lucha entre ellas es particularmente aguda en Málaga. Ello es debido, imagino, a que el obispo, el doctor Ángel Herrera, antiguo director del gran diario El Debate, es un hombre de excepcional habilidad y, lo que es más, tiene profundas convicciones sobre la parte que la Iglesia debería jugar en la cuestión social. El año pasado utilizó su influencia para conseguir que fueran construidas casas para los pescadores de El Palo, y este año ha estado intentando llevar adelante un proyecto para instalar a familias campesinas en sus propias tierras. Pero los terratenientes se han negado en absoluto a tener nada que ver con aquello: en un reciente mitin denunciaron todos los proyectos de esa clase como Comunismo, y tuvieron la audacia de exigirle al obispo que dejara de rezar por la reforma agraria y se ocupara en privado de sus ideas al respecto”.

Ángel Herrera, obispo de Málaga desde 1947, es nombrado cardenal en 1965, año en que Rafael Betés Ladrón de Guevara releva en la alcaldía malagueña al popular Francisco García Grana y Alfonso Canales Pérez-Bryan obtiene el Premio Nacional de Poesía. Desde Málaga, Herrera Oria ejerce su influencia en la España católica, que desea que se le dé al país un ritmo más avanzado para sacar a España del aislamiento, del desprestigio internacional y para paliar las tremendas injusticias que se detectan entre las clases más modestas. El ala falangista del franquismo tenía motivos para criticar la trayectoria del que fuera director de El Debate, maestro de periodistas, uno de los ideológicos de la CEDA y, en la posguerra, obispo de Santander (donde nació en 1886), con sede residencial en Málaga desde 1947, cuando sustituye a Balbino Santos Olivera siendo alcalde José Luis Estrada Segalerva. Herrera no se limitó a ejercer su labor de apostolado en la provincia malagueña, sino que extendía su radio de influencia sobre toda la España católica que seguía su línea. En 1943, todavía como simple sacerdote, crea la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y en 1952 marca su impronta renovadora con la fundación del Instituto Social León XIII, germen de nuevos sociólogos, que alimentarían un foco de oposición al régimen. Los agricultores derechistas malagueños no podían estar contentos con su obispo, de ahí que Girón de Velasco le criticara por su intromisión en estos asuntos, ya que promovió la Asociación Pío XII de Agricultores en la zona de Antequera, a la par que fundaba en Madrid la Escuela de Ciudadanía Cristiana. Posteriormente crea la Escuela de Periodismo de la Iglesia.

Herrera tiene además en Málaga un apoyo excepcional con la llegada de Emilio Benavent Escuín como su obispo auxiliar, quien será su mano derecha desde 1955. Benavent, valenciano, hijo familia obrera, intelectualmente bien formado como discípulo de Ortega y Gasset, desarrolla durante estos años una actividad social tan necesaria durante estos años de la posguerra. Crea por encargo de Herrera Oria 250 escuelas rurales en la provincia al tiempo que coordina la formación de maestros rurales en distintos centros de formación. Gracias a esta iniciativa la escuela se implanta donde no llega la política educativa del Movimiento. Benavent seguirá después, como obispo titular desde 1967, esta labor social tan interesante, hasta 1969, cuando es nombrado arzobispo de Granada y relevado en Málaga por Ángel Suquía, al que Juan Pablo II lo elevará al cardenalato después de regir la diócesis de Madrid y presidir durante seis años la Conferencia Episcopal.

Herrera Oria, muerto en 1968, y Benavent crean las bases para que germinen una serie de grupos cristianos –en algún caso más allá en lo político y social de lo que estos obispos hubieran previsto–, que ejercerán un papel relevante de presión y denuncia social, ahijados avanzados de la doctrina social de la Iglesia, que conectarán con las nuevas generaciones de políticos. De ahí surgen sacerdotes comprometidos como el canónigo José María González Ruiz o militantes de las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), en sus ramas juvenil y campesina, que se erigen en voces discordantes del régimen que llegan con fuerza hasta conectar con la etapa de la Transición democrática. Y hombres, como Alfonso Carlos Comín, que entra en la Escuela de Peritos desde donde conoce La España del Sur y aporta su Noticia de Andalucía, abordando temas que Brenan ha dejado pergeñados en este recorrido por la España de 1949, sobre los que, más adelante, nos detendremos.

Herederos políticos.
Por su parte, Girón de Velasco –nacido en Herrera de Pisuerga, Palencia, en 1911– encarnaba la lealtad al espíritu de los vencedores y, lo que era más evidente, el beneficiario de la factura que los nuevos gobernantes le pasaban a la sociedad. No en vano, Girón de Velasco sería después conocido como El león de Fuengirola, debido a que el político falangista y ministro de Trabajo con Franco entre 1941 y 1957 tuvo su dominio marcado en esta localidad, donde murió en 1995. Allí tenía, como en una selva mediática, señalado su territorio. A propósito de este destacado personaje, que había presumido de austeridad, reflexiona Brenan sobre la corrupción del régimen: “Sin embargo, como todo el mundo sabe, todos los líderes falangistas, que antes de la guerra no tenían nada, son hoy en día hombres ricos con casas y grandes propiedades”.

El reparto de poder más apetitoso es, sin duda, la Costa del Sol. Girón de Velasco tiene su hombre en Fuengirola, Clemente Díaz, al que coloca de alcalde; Marbella es más de dominio de la familia de Franco y su corte de generales, que atiende, en sus varias etapas de alcalde, Francisco Cantos, y el párroco Bocanegra. Estepona…. Y Nerja entra más en el radio de influencia de José Utrera Molina, el malagueño más formado en las filas falangistas.

La familia Bolín es un caso aparte para el régimen, debido a la destacada figura de Luis Antonio Bolín Bidwell (Málaga, 1894-1968), periodista y abogado. Perteneciente a una familia de la burguesía malagueña, su figura pasa a la historia por haber gestionado la compra del avión Dragon Rapide, que traslada al general Franco de Canarias a Tetuán, ciudad desde la que dirige la sublevación militar contra la República en julio de 1936. Paul Preston, en Franco. Caudillo de España, cuenta cómo Bolín alquila el Dragon Rapide, con dinero del millonario Juan March, y las circunstancias que rodearon una operación que se hace a través del marqués de Luca de Tena, residente en París.

Los servicios prestados por el corresponsal de ABC en Londres y sus relaciones con Franco como compañero de viaje, sitúan a Luis Antonio Bolín como jefe de prensa del Sur; nombramiento hecho por Millán Astray, que le concede además el grado de capitán honorífico de la Legión. Mientras tanto, dos circunstancias determinan su inmediato futuro: la persecución de su familia en Málaga y el caso del periodista Arthur Koestler. Cuenta Gerald Brenan en Memoria personal que encontró a algunos miembros de la familia Bolín en casa del inglés, sir Peter Chalmers-Mitchell, que corrió ese riesgo y el de visitar en la cárcel a un hermano de Luis A. Bolín, al que le lleva “jabón, chocolate y calcetines limpios”, y que sería finalmente fusilado. La familia Bolín, de la que Brenan destaca la humanidad de la madre, debió estar también refugiada en casa del cónsul de México, Porfirio Smerdou, casado con Concha Altolaguirre Bolín, según cuenta el periodista malagueño en su libro de memorias Años vitales, publicado en 1967. Con Queipo de Llano, Bolín comparte el deseo de entrar triunfante en Málaga para vengar a su familia y capturar al periodista extranjero que le había traicionado. El periodista-espía Arthur Koestler, con una credencial del News Chronicle, consigue de Bolín un permiso para entrevistar a Queipo de Llano en Radio Sevilla. El periodista malagueño no soporta el engaño desde su posición de control de los periodistas extranjeros. Con la detención de Koestler, Bolín cumple su venganza. De los malos tratos que sufren algunos corresponsales, el más notorio es, según Preston, el del periodista espía, provocando tal escándalo internacional que las autoridades franquistas se ven obligadas a su excarcelamiento. Después Arthur Koestler publica Spanish Testament, provocando que Bolín cayera en desgracia.

En sus últimos años, Luis Antonio Bolín se dedica a escribir sus memorias y a conocer el auge de la Costa del Sol, en la que sus familiares destacan como pioneros turísticos en la zona Torremolinos-Benalmádena. De esta figura influyente, surge un sobrino de Luis Antonio, Luis Enrique Bolín, alcalde de Benalmádena, un hombre controvertido que impulsa el nombre de la localidad con iniciativas como el primer Festival de Cine, que sitúa a Benalmádena-Costa en el punto de mira de los constructores y en un lugar relevante del mapa costero andaluz.

Comín, punta de lanza.
Entre el trabajo de campo y la investigación científica, Alfonso Carlos Comín denuncia desde Málaga la situación en su España del Sur, que desarrolla más adelante en una obra más reducida y asequible al nuevo público, que demandaba información sobre la región más subdesarrollada, convirtiendo su Noticia de Andalucía en un libro-guía con el que colabora a romper, como Brenan en La faz de España, la máscara de tópicos con la que el régimen había coloreado la realidad. Comín, el aragonés catalán convertido en uno de los pioneros de la imagen rupturista de Andalucía, se movía en Málaga con un dos caballos destartalado, delgado, con barba y aires proféticos y, sobre todo, siendo un hombre convincente, que encandila a los estudiantes y trabajadores, que se reúne, aparte de sus clases en la Escuela de Peritos, en lugares clandestinos o en charlas promovidas por sectores sociales y cristianos. Porque Comín maneja bien las claves del cristiano marxista en una tierra explotada como es Málaga y, en general, Andalucía. Comín tene atractivo y capacidad para crear escuela, sustanciada en la organización Bandera Roja de inspiración cristiano-marxista. Su libro Fe en la tierra se convierte en un catecismo para los jóvenes cristianos que canalizan sus rebeldías en movimientos sociales dentro y fuera de las instituciones de la Iglesia. Un peligro para el régimen, porque este cristiano-marxista habia fundado Bandera Roja y, mas tarde, forma junto con Jordi Solé Tura el ala moderada del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).
“Sí, la Andalucía marginal se teje con la Andalucía luchadora. Esta Andalucía, ciertamente, no ha muerto. Unos luchan por su propia subsistencia, como pueden, quedándose. Otros luchan -ya lo vimos- emigrando, iniciando esa extraña aventura de la que no saben apenas hasta dónde los llevará. Otros, y cada día son más, luchan por todos quedándose. No, la Andalucía marginal no es una Andalucía de “vagos”, del “hoy no hay trabajo porque ya hemos comío” del cuento facilón; es el fruto más visible, de unas condiciones de vida que violan en su raíz la libertad del hombre; son el fruto de unas estructuras que producen forzosamente lo que acabamos de ver, porque la riqueza de los ricos lleva siempre consigo la miseria de los pobres. Es como su sombra, como su incesante dialéctica”, escribe Comín.

El sociólogo le toma el pulso a la realidad. Construye su obra con trabajos de campo, que aumentan su popularidad al tiempo que adquiere una experiencia sobre la Andalucía real, que va desde el barrio marginal de La Chanca de Almería a los lugares más diversos de la geografía malagueña, sin olvidar su mirada particular a las noches de Torremolinos y ese nuevo mundo de las drogas, que con el tiempo adquirirá mayores proporciones como el hampa que preludia reproducirse al ritmo vertiginoso de la Costa del Sol:
El reconocimiento de Alfonso Carlos Comín trasciende a su tiempo. Además de su obra, en Málaga deja una huella imborrable para los historiadores de esta época del franquismo y la Transición. José Velasco Gómez, al analizar “El Movimiento Obrero en Málaga: entre la tradición y el sindicato de nuevo tipo” en Tiempo de Cambio (2004), analiza la incidencia que tienen en Málaga el resurgir de los movimientos obreros como reflejo de lo que ocurre en Madrid y dice que “en ello tienen mucho que ver la Juventud Obrera Católica, en cuya consolidación e impulso, ha sido decisivo la venida a Málaga de Alfonso Comín en 1961, las Juventudes Comunistas y algunos jurados de Empresa”.

En esa línea y en la misma obra, en el artículo “La Iglesia en Málaga durante la Transición”, Concepción Fernández Llaquet señala: “En la década de los sesenta, la celebración del Concilio Vaticano II y la llegada de Alfonso Carlos Comín, vinieron a impulsar los movimientos apostólicos, especialmente juveniles y obreros, que ya existían en el seno de la sociedad malagueña. Estas organizaciones de Acción Católica, junto a un sector del clero de talante progresista, desempeñaron una función importante en la concienciación y organización de los obreros”.

Jaleo flamenco. De los cerros del Sacromonte granadino salen a comer de su arte de casta los componentes del grupo, que encuentro años más tarde en El Jaleo de Torremolinos, el tablao que montan los hijos del reputado doctor Garrido, que ya habían tenido éxito con la Neptuno, la más moderna sala de fiestas de Granada. En El Jaleo se dan cita La Mami, portento de gitana, con su Mariquilla, que por entonces iba a protagonizar una película frustrada de Carmen Amaya y se casa con Luis Javier Garrido, emparentando a una familia de alto copete con la chiquilla humilde, que llevaba el tesoro de la caja fuerte en sus piernas. Granadinos de tribu, entre los que están los hermanos Habichuela, Juan y Manuel, prodigiosos guitarristas que lanzarán desde allí a la nueva generación, conocida décadas después como los Retama. Y el más salvaje y heterodoxo de los bailaores gitanos, Carrete, que declara haber nacido bajo un puente de Zafarraya, aunque se sentía halagado por el sobrenombre de ‘El monstruo del baile’, que le había puesto Juan Domingo Perón, y presumía de haber bailado para el rey Faisal, que se dio el gustazo de cerrar la sala Mañana para ver el baile de un gitano que llevaba en la sangre el arte de las Cuevas de María la Canastera. Entre la plantilla de gitanos artistas, resalta por su tez blanca y el ritmo de su voz, marcando el compás para el cuadro flamenco, un cantaor malagueño, conocido ya como Chiquito de la Calzada, que acompaña al cuadro de Mariquilla al incipiente mercado flamenco de Japón, fingiendo que hablaba en todos los idiomas del mundo.

En El Jaleo, aparte de los números para guiris, se respira mucho arte. Con Mariquilla como gran atracción, por esta sala metida en la jungla turística desfilan figuras invitadas como Paco de Lucía, Camarón, Porrina de Badajoz, El Turronero o El Chocolate. Este encaje de flamencos granadinos en Málaga tiene larga tradición, a la que no fue ajeno Federico García Lorca, popularizando la canción del Café de Chinitas, o expresando su admiración por Juan Breva (Antonio Ortega Escalante, Vélez-Málaga, 1844-Málaga, 1918), al que el poeta granadino le dedica el poema:

Juan Breva tenía
Cuerpo de gigante
Y voz de niña.
Nada como su trino
Era la misma
Pena cantando
Detrás de una sonrisa.
Evoca los limonares
De Málaga la dormida
Y hay en su llanto dejes
De sal marina.
Como Homero cantó
Ciego. Su voz tenía, algo de mar sin luz
Y naranja exprimida.

En este breve viaje en busca de raíces flamencas, tengo la suerte de conocer a Juan Rodríguez Mingorance, El Niño de las Moras, meses antes de su muerte, a los 83 años. El veterano cantaor pasea sus recuerdos por las calles de El Palo, donde me cuenta sus comienzos, todavía de niño cantaor, con el flamenco profesional que lo lleva a codearse con Juan Breva, Enrique El Mellizo o Antonio Chacón: “Yo tenía 12 años. Teníamos la barca vará enfrente del ventorro de Miguel de la Sardina, cerca de donde está ahora Casa Pedro. Como estábamos desesperados me dijo el patrón: ‘Ruanillo, cántate mientras algo’. Le salté por verdiales… Unos señores que había en el merendero se acercaron a la orilla y dijeron al patrón: ‘Deje usted al muchacho bajar, queremos oírle’. ‘Hay primero que sacar el copo’, le dijo mi patrón. ‘Ahí van siete mil rales…’ ‘Allá vamos’. Resulta que uno de ellos tenía un café cantante… Me dio cuarenta duros y me contrató. Le dijo a mi madre que le mandaría mil pesetas todos los meses y a mí me daría cuatro duros todos los días. ¡No era na aquello en ese tiempo”.

A través del alcalde Francisco García Grana, El Niño las Moras graba El café de Chinitas y Malagueñas de Chacón. Pero donde ha quedado mejor grabada su voz es en la memoria oral de Málaga:

Asomarse a los balcones
Mujeres guapas y hermosas,
Veréis de vender moras,
¡moras, mauras, las moras!

De esa hornada de flamencos es también Diego El Perote, de Álora, al que también conozco cuando tiene ya 83 años, todavía con su voz en forma, ganándose la vida de artista de peña  en peña, como cuando tenía 15 años en 1904. Entonces actuaba con Juan Breva, que ganaba 12 pesetas, con Fernando el de Triana, que salía por siete, mientras su salario por día en aquellos primeros años era de un duro.

Entre las entradas y salidas de El Jaleo, la Taberna Gitana y otros tablaos y peñas, guardo un especial recuerdo de dos momentos únicos. En Alcaucín, antes de que llegara la fiebre de la especulación urbanística, pueblo anclado como un nido de palomas en la Sierra Tejeda, me encontré en una noche de reportero con un espectáculo de esos que recorren los pueblos, formado por Pepe Isla y Adelfa Soto. Ya conocía a esta pareja artística y también sentimental, en actuaciones en salas de Málaga, por afiches de propaganda, por reportajes. Nunca me podía imaginar el esfuerzo de los artistas cuando descienden a estos planos en escenarios pequeños e improvisados, con un público variopinto y vociferante. Y aún así, la respuesta de los artistas es formidable. Me acordé entonces de la primera vez que vi un espectáculo en el Cinema Pérez de mi pueblo (Alhama de Granada). Tenía siete años y siempre llevaré grabada esa noche de ensueño, en la que me parecía estar viendo a dos dioses bajados del cielo para estar un rato en nuestra compañía: Antonio Molina y La Niña de la Puebla –madre, por cierto de Adelfa Soto–. 

De estos años de Málaga nace mi relación amistosa con Antonio de Canillas. Un hombre sencillo, flamenco honesto, con el que compartí, como reportero, una experiencia inolvidable. Me invitó a una gira artística de Semana Santa. Viajamos en una furgoneta y nuestra ruta de dos días, de madrugada a madrugada, tenía como destino actuar para  hermandades y cofradías de Lucena y Puente Genil. A diferencia de la noche con Pepe Isla y Adelfa Soto, esta experiencia la viví más intensamente, con mis huesos dañados por los muelles de la furgo, el sueño, las resacas y los contrastes tan emocionantes que significaba para un reportero joven esa odisea vivida en primera línea. Cuando vi muchos años después el Viaje a ninguna parte, con Fernando Fernán Gómez, Pepe Sacristán, Laura del Sol, Gabino Diego… sentí en estos cómicos reflejados a cada uno de los artistas que peregrina de pueblo en pueblo buscando un aplauso que dé sentido a su sacrificio. (Hace muchos años que no veo a Antonio de Canillas. Sé que es un artista grande, un cantaor vocacional y el mejor saetero de Andalucía, al que debo mi amistad y mi gratitud por haberme hecho sentirme flamenco ambulante).
Todas estas notas tienen un punto de vivencia profesional y personal, porque la crónica en profundidad en esta provincia corresponde a Gonzalo Rojo, periodista y crítico, que tiene escrita con solvencia y autoridad la historia del flamenco de Málaga.

Málaga en su laberinto.
El Ateneo nace como un asidero para salir de la mediocridad y la manipulación de la cultura. Málaga vive en su propio laberinto. Queda el rescoldo intelectual de una época que se acabó con el exilio, la represión, la camisa azul, el yugo y las flechas, en un momento de auténtico peligro psicológico, cuando parece ya normalizado el franquismo y hay ya muchos personajes que, de una u otra forma, se han enrocado en el engranaje del régimen. En ese contexto hay que tener ganas, hambre de libertad y valor para crear, con todos los subterfugio posibles, una institución de este calibre. El Ateneo se constituye el 15 de diciembre de 1966, con José Jiménez Villarejo, entonces fiscal de la Audiencia Provincial, como presidente. En su sede de la Plaza del Obispo, este recinto destaca por su actitud progresista y atrae a una larga serie de personas que, en muchos casos y situaciones, se comprometen en contra del régimen. Por razón de su cargo de fiscal –y entonces el régimen no se anda con pamplinas–, Jiménez Villarejo tiene que dejar la presidencia que, en su lugar, cede a uno de sus socios más honorables, Fernando Álamo de los Ríos. Más tarde, ya bajo la presidencia de Ramón Ramos, auténtica alma durante años de esta institución cultural, el Ateneo vive años decisivos y de compromiso con los valores culturales, sociales y éticos que le son demandados por la sociedad malagueña y sus vanguardias intelectuales.

La catedral aparece ahogada –como un venganza política por albergar en su seno a obispos poco afines a la causa– por la construcción del hotel Málaga Palacio, un monumento al turismo en detrimento del mar que se oteaba desde las escalinatas del templo catedralicio. Tiempos de confusión. La niña Marisol mira con recelo la utilización política y artística que se ha hecho de su imagen. Paquita Torres, una guapa jiennense que vino a la Costa del Sol a buscar su lugar en el boom turístico, es nombrada Miss España en 1966 (después Miss Europa). Al año siguiente cae el gordo en Málaga para tapar más de algún agujero familiar.

A aquel Torremolinos que Comín describe en Le Fiacre, llega el nuevo director de cine Pedro Olea con una trupe de artistas jóvenes para rodar Días de viejo color, con Cristina Galbó, Charo López, la vampiresa María Martín... y el cantautor Luis Eduardo Aute y Mamerto López Tapia, que participa en el guión. En el Festival de Benidorm, Julio Iglesias y el grupo malagueño Los Gritos ganan con La vida sigue igual. En plena racha, Los Gritos apadrinan a Jimmy Neville (hijo de Edgar Neville y Ángeles Rubio Argüelles) en su debut en Torremolinos, con dos invitadas especiales, Sara Montiel y Marujita Díaz. Y a Julio Iglesias, que se presentará al festival de Eurovisión en 1970, se le agua un poquito la fiesta desde Málaga casi el mismo día que canta ‘Gwendoline’ al ser denunciado de plagio en Sol de España por Fernando Sánchez Barroso, un músico de Pedragalejo que había enviado, según su versión, esa misma canción a una discográfica, aunque con otro nombre. El asunto, aunque pasó por los tribunales, no tiene mayor importancia. A la radio malagueña, que tiene sus ídolos en Maritere Campos y Diego Gómez, le ha llegado una reportera de lujo: Sandra Milo, la guapa actriz burgalesa, que ha intervenido ya en películas como Los siete magníficos, y que sacrifica su carrera por un joven cordobés, afincado en Torremolinos.

Por entonces, el teniente de alcalde de Torremolinos, el farmacéutico Francisco Luis Medina Montoya, no ceja en su empeño de recabar apoyos ciudadanos para que Torremolinos alcance su soberanía, la independencia del municipio de Málaga (una aspiración que no llegaría hasta entrada la democracia, con alcaldes que surgen de las urnas: el socialista Paco Bóveda, extraordinario fotógrafo de prensa en Sol de España, siguiendo los pasos de su padre y maestro, Paco, y de su hermano mellizo Vicente; y el que por entonces era profesor inglés Pedro Fernández, de tendencia conservadora). Málaga estrena su aeropuerto internacional. Sebastián Humberto Viberti se convierte en el ídolo de masas del equipo malaguista, traído de Argentina por aquel presidente, Antonio López, del que se decía que había colocado una bandera de España en el Peñón de Gibraltar y que de ahí le venían determinados apoyos para hacer fortuna. Su notoriedad, sin embargo, fue efímera, ya que que al poco tiempo resultaría asesinado por un joven murciano, al que, al ser detenido, este cronista reconoce en las fotos como un compañero de mili en el cuartel de la ciudad de Lorca.

En la provincia se construye el embalse Guadalhorce-Guadalteba, que lenta e inexorablemente hace sucumbir a aquel entrañable pueblo de Peñarroya y su anejo de la Estación de Gobantes. Sólo aquellos habitantes que, con el corazón en un puño y las lágrimas como regueros en rostros curtidos por el frío y el sol del campo, van saliendo de sus casas, de sus campos, camino del nuevo poblado de Santa Rosalía, que les ha construido el Instituto Nacional de Colonización, o hacia Campillos y Ardales. Como un éxodo terrible tendrán que rehacer sus vidas, con indemnizaciones por valor de tres cosechas. Si sirve de algo registrar nombres para la historia allí vivída he aquí algunos: Cristóbal Anaya Montero, Ramón Alonso (alcalde accidental), el tabernero Fontalba Durán, porque los apellidos más frecuentes son los de Fontalva y Durán, además de Giles, Márquez... Y doña Elena, con su hija Virginia, que será la última en salir antes de que las aguas cubran las primeras calles, porque tiene que dar comida y cama a los últimos viajeros de un pueblo sepultado sin los responsos de un entierro.

Redadas y caídas. Habían pasado los años de la posguerra, pero sus secuelas se mantienen latentes en los últimos presos, los que aún no se han beneficiado de perdones y amnistías, cuando ven aparecer por sus rincones a los nuevos presos políticos, obreros y estudiantes, que van cayendo en sucesivas redadas represivas, o caídas como se les llama en el argot clandestino. Así llegamos a los umbrales de los años setenta en España. Avanzan en su organización los sindicatos clandestinos, en las que se muestran especialmente activos movimientos relacionados con la Iglesia progresista. CC OO es ya una realidad surgida en estos años duros del franquismo –con sus militantes infiltrados en el sindicato del régimen con la intención de minarlo y dinamitarlo por dentro–, que tiene presos a la cúpula de la organización, con Marcelino Camacho y, entre otros, tres andaluces: Fernando Soto, Eduardo Saborido y Francisco Acosta, todos ellos encausados en el llamado proceso del 1.001.

La situación económica es agobiante para los trabajadores, que tienen sus propios cauces de comunicación. La prensa, en general, mantiene su censura férrea, con los delegados de Información y Turismo –en Málaga está durante esos años Néstor Gallego Caparrós, después es trasladado a Granada–, la información oficial y, sobre todo, los partes de escarmiento que recogen los éxitos policiales cada vez que detienen a rojos comunistas, socialistas o empuran a algún cura fuera de sus casillas. Esas noticias son las que precisamente crean un caldo de cultivo en ciudadanos que, hasta entonces, no están informados de lo que verdaderamente ocurre con los opositores al régimen. En ese ambiente, más allá de los partes oficiales, en Andalucía muy especialmente, y desde luego en Málaga por la sensibilidad de la cercanía, se sabe lo ocurrido en Granada el 21 de julio de 1970. Nunca se había conocido en la época del franquismo una represión tan fuerte, con tres muertos sobre el asfalto: Antonio Huertas Remigio, de Maracena; Cristóbal Ibáñez Encinas, de Granada, y Manuel Sánchez Mesa, de Armilla, además de numerosos heridos entre miembros de las policía y trabajadores. Como respuesta a tan desmesurada y violenta respuesta, los trabajadores deciden encerrarse en la Catedral, en la que ya es obispo Emilio Benavent, que da cobertura a los encerrados. De esta noticia, los periódicos de Málaga se limitan a publicar la información oficial. El día anterior, al conocerse la dimensión de la noticia, Federico Villagrán, director de Sol de España, nos envía a Granada a José Luis Navas –redactor jefe en la delegación de Málaga– y a este reportero para que informáramos de lo sucedido. Al llegar a Ganada, en la redacción de Patria nos dicen que nos volvamos. La orden del Gobierno Civil era taxativa: los periódicos de fuera de Málaga sólo podían publicar, a dos columnas en una página par e interior, un comunicado en el que los tres muertos aparecían al final del texto, como si la muerte de tres albañiles les importara pimiento. Sin embargo, en algunos periódicos nacionales se publica la noticia, aunque otros, como Pueblo y Arriba, aprovechan para cargar las tintas contra la Iglesia, defendida por Ya, su diario afín. Mientras, otros diarios de gran tirada, independientes del régimen, se atreven a ampliar la información y pedir explicaciones editoriales. Una vez más se constata que Andalucía sigue, en el orden informativo, más dependiente y sumisa.

Calle Camas y La Rápida.
Han pasado los años del racionamiento y de los arbitrios por cualquier producto o animal, una gallina, un pavo, dos costales de harina, una cántara de aceite, actividad de comisarios en la que tantos sinvergüenzas del régimen se enriquecieron, lo mismo que lo harán más tarde con los silos, en los que se pesaba con trampa el trigo, o con los repartos de la leche en polvo y el queso que mandaban los americanos. Unos hábitos que crean comportamientos mafiosos. Hay dos nombres que definen dos fenómenos sombríos, que viven en la piel de la ciudad: calle Camas y La Rápida.

Paseas por un laberinto de calles, cierras los ojos, te sitúas en sus fronteras o penetras en ese submundo, como cualquier viajero por las calles napolitanas, con su ropa tendida, las matronas voceando de balcón a balcón, las fotografías de los muertos del día en la entrada de los restaurantes anunciando sus necrológicas sin pudor; corriendo toda suerte de peligros, un linchamiento en una esquina por no soltar el reloj o el monedero, oliendo a humanidad y desechos, con un pequeño ejército de matones, chulos y chivatos al servicio de la camorra napolitana o de la mafia siciliana en el caso de... Sin embargo, en Málaga, ese juego mafioso de La Rápida no tiene tan acentuadas esas formas viscerales y violentas. La Rápida extiende su red con unas características más subliminales. Haciendo la vista gorda, recibiendo instrucciones, tapando bocas... Ignoro si ha habido ya suficiente distanciamiento de sus protagonistas para analizar el fenómeno en toda su dimensión, con nombres y apellidos, artífices y encubridores de este gran negocio, u otros negocios con el que se hicieron fortunas, como aquel concejal que se dedicó a vender, con la bendición oficial, las palomas del parque, u otros trapicheos de la época que dejaban a la altura de un mendrugo a los matuteros y matureras de la calle Cama, donde se vendía todo lo que venía de otras fronteras: café, mantequilla, medias de cristal, pantalones vaqueros, polvos de talco y de otros géneros, condones cuando se llamaban condones y no preservativos, que fue cosa ya de las farmacias, aunque habría farmacéuticos que no estaban dispuestos a que se expendiera esa indignidad porque los prohibía el Vaticano, frenaba los índices de natalidad y, como consecuencia, mermaba el consumo de las latas de pelargón, aunque evitara las enfermedades venéreas, de cuya curación daban cuenta los letreros de las consultas médicas.

La Rápida comienza a desarrollarse en la barriadas más cercanas al centro de la capital, teniendo una aceptación singular debido a la “seriedad” y rapidez en entregar los premios, como algo “sagrado”. Cada uno jugaba la cantidad que deseaba y el vendedor anotaba número elegido y cantidad, dando tan sólo un papelito con el número pedido y la indicada apuesta. Se servían del sorteo de los ciegos, que de tiempo en tiempo elevaban sus protestas a la autoridad gubernativa y ésta se “hacia” con un vendedor a algún comprador y lo sacaba en “los papeles” para escarmiento, pero “la rápida” seguía igual de diligente y aumentando en clientela. Se nutrió mucho de los socios de algunas peñas, reunidos generalmente a la hora en que se sabía el número premiado, las nueve de la noche, alrededor de una barra. Supuso también este juego la plataforma económica para iniciar actividades “constructivas” en el mundo de la promoción inmobiliaria de la Costa del Sol, por parte de algún que otro personaje que fue a la política para seguir aumentando sus conexiones “especulativas”.
Después llega la moda del bingo. El primer gran bingo se inaugura en el Candado, lo que contribuye, junto con los casinos, a sacar a muchos jugadores de reboticas, trastiendas y casas de perdición, y hacer partícipe a la mujer de forma más abierta, tomando cono gancho a alguna que otra folklórica o rica de postín.

Perlas cultivadas. Hay entonces mucho entretenimiento, magia y artificios vulgares para sobresalir ante una sociedad que retroalimenta a sus propias perlas cultivadas. Como la de este malagueño de pro, Pepe Mena, que monta una especie de orden de los “boquerones de plata”, con sus códigos de pertenencia, que sintetiza en estos tres puntos (Sol de España, 10-V-1970):
1.”Con España, para España y con España”. 2. “Por Málaga, con Málaga y para Málaga”. 3. “El boquerón de plata será impuesto a aquellas personas a quienes al fundador de la orden le dé la gana”. Se hacen acreedores del galardón José María Pemán, Wenceslao Fernández Flores, Jacinto Benavente, la reina Fabiola, Juan Belmonte, Lola Flores, Antonio, Sáenz de Heredia… Durante nueve años como teniente de alcalde del Ayuntamiento de Málaga y presidente de la Junta de Festejos, Pepe Mena había acumulado méritos suficientes para ser reconocido por el dicho popular:
“Quien por Málaga pasó
y no habló con Pepe Mena
“mu” buena sopa comió
pero sin la hierba buena”.

Qué nivel sobre el mar de las gaviotas y la playa de San Andrés, el barrio más inmundo de las chabolas, sobre el que ya en 1948 Herrera Oria había dicho: “El medio ambiente mata todo germen de dignificación humana”. A falta de esa dignificación, los hermanitos de Foucault alivian el sufrimiento de los pobres y enseñan a los jóvenes utópicos a sentir el cristianismo más cercano y revolucionario allí abajo, en la desembocadura del Guadalmedina, sobre el que se ha construido el puente del Generalísimo. El régimen saca otro tipo de perlas cultivadas que parecen más creíbles al desfilar por su pasarela. Y así nombra a Cayetano Utrera Ravassa alcalde de Málaga el 17 de abril de 1970 (permanecerá en el cargo hasta abril de 1977, cuando dimite para presentarse como candidato al Senado por UCD) y el 17 de febrero de 1971 al joven ingeniero Francisco de la Torres Prados, de 28 años, al frente de la Diputación Provincial, presidida hasta entonces por José Marqués Íñiguez. Se presenta así una hornada de jóvenes profesionales, tecnócratas, que se apresuran a engancharse al carro con el afán, en algunos casos, de llegar a la política, creyendo que ya se estaba a las puertas de la democracia. Francisco de la Torre Prados, que siempre ha aparentado ser más mayor de lo que es, a quien jurar el cargo con los códigos y el uniforme del régimen le sienta como ver un santo vestido de pistolero, le toca interpretar esa marcha política, siempre con eficacia, pero con la amargura interior de estar sirviendo a la dictadura. Será uno de estos jóvenes políticos de la derecha que con más ahínco esperará después la democracia para disfrutar de esas otras mieles del sistema democrático desde una comprometida posición de hombre puente en el tránsito de la dictadura a la democracia.

Málaga vive un ritmo frenético. Con señales luminosas sobre el desarrollo de la Costa del Sol, el ideólogo iluminado del régimen, Gonzalo Fernández de la Mora, inaugura el pantano de la Concepción. Se le entrega el bastón de mando municipal por primera vez a una mujer –la alcaldesa de Istán, en el cargo hasta 1999, que ya tiene mérito–, el Tívoli World abre sus puertas en Arroyo de la Miel, el malaguista Migueli es convocado por Kubala para la selección nacional del fútbol y el CD Málaga tiene además la satisfacción de haberle ganado ese año al Barcelona CF en el Camp Nou. Los príncipes Juan Carlos y Sofía visitan oficialmente la provincia de Málaga. “En la Semana Santa de ese año, que pregonará el joven Andrés Oliva, el trono de la Virgen del Rescate es abandonado en mitad de calle Carretería. El hermano mayor aporta, como única solución, que el trono sea procesionado con ruedas. La opinión malagueña está dividida casi al 50%. Al final, un grupo de jóvenes cofrades publicará un manifiesto en el que renegará de las ruedas. Los hombres de trono pagados tendrán que dar paso en poco tiempo a los propios hermanos”. (De Málaga 100 años de noticias). En la capital se registra a partir de estos años un aluvión de peñas, con socios que albergan la esperanza de abrevar, con más o menos fortuna, en las ofertas de cambio del régimen o en lo que vaya a venir después por la derecha, el centro o la izquierda. Pero ya no son sólo biznagas y boquerones de plata los signos gloriosos que brillan en la superficie de la ciudad. Hay otras señales menos espurias, más contundentes, marcadas en la piel de quienes acumulan ya años de cárceles, heridas de represión o las secuelas del paro galopante que asoma sin piedad sobre las perlas no cultivadas por el régimen.

Málaga, por su universidad. En este año de 1973, marcado por la muerte de Pablo Picasso, Málaga vive con impaciencia la construcción definitiva de su Universidad, ya oficialmente concedida desde el año anterior. Desde 1525, en distintos momentos de su historia, Málaga aspira a tener Universidad. El camino de la esperanza se abre cuando en 1963 se ubica en su suelo la sede de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de la Universidad de Granada, lo que supone un paso decisivo para la capital de la Costa del Sol en el orden universitario. Se consigue gracias al rector de Granada, Emilio Muñoz Fernández, y a pesar de que el ministro de Educación, Lora Tamayo, sevillano, tiene cierto compromiso con que esta nueva Facultad sea para la Universidad de Sevilla. A las escuelas de Magisterio y de Peritos, solas en este páramo, le llega esta buena compañía que traerá además las voces nuevas de su profesorado –Ramón Tamames, Alfonso García Barbancho...– y centenares de estudiantes de esta provincia, de Andalucía y otros lugares de España, que crearán ese ambiente universitario con el que Málaga encara estos años decisivos para el movimiento estudiantil.

El 22 de mayo de 1968, cuando se había insinuado alguna posibilidad, el Consejo de Ministros no aprueba ni universidad ni facultad alguna para Málaga, y sí varias universidades de Madrid hacia arriba. Al día siguiente, la provincia comienza a movilizarse en pro de una universidad, enviándose cientos y cientos de telegramas al ministro de Educación pidiendo la Universidad de Málaga.

Una nutrida representación de padres de familia acuden al Gobierno Civil, donde mantienen una reunión con el gobernador, Castilla Pérez, y tras la misma deciden constituirse en asociación para canalizar esta inquietud, que se va generalizando por toda Málaga, capital y provincia. El 4 de junio se funda la Asociación de Amigos de la Universidad de Málaga, con sede en la entonces Peña Malaguista. A partir de ahí, la labor que desarrolla esta entidad es eficaz y sorprendente, canalizando el deseo y la necesidad de que Málaga tenga su Universidad lo antes posible, dado que era la única capital europea con más de 300.000 habitantes que no tenía universidad y una larguísima serie de razones que planteaban la injusta distribución de centros universitarios en España: de Madrid hacia el Norte había doce universidades y 35 escuelas técnicas superiores, mientras que de Madrid hacia el Sur sólo tres universidades y tres escuelas técnicas superiores.

El 4 de noviembre de 1971, dentro de las previsiones del nuevo Plan de Desarrollo, se aprueba que Málaga cuente con universidad. Ese anuncio provoca una manifestación de acción de gracias, encabezada por las autoridades –Francisco de la Torres, Utrera Ravassa....– y culminada ante la sede del Gobierno Civil, donde Víctor Arroyo, que había sustituido en el cargo al granadino Castilla Pérez, les dice solemnemente que la Universidad se va a conseguir gracias a Franco. Y todos tan contentos hasta el alegrón último, que llega el 18 de agosto de 1972, cuando el Consejo de Ministros aprueba el Decreto del Ministerio de Educación y Ciencia creando la Universidad de Málaga. En este proceso destacan, por su trabajo en este objetivo, José Luis Alonso del Castillo, Francisco de la Torre Acosta, Luis Armentia Rodríguez, Agustín Moreno Cano, Luis Peralta España, Juan Aparicio Castillo, José María Martínez Ruiz-Morón, Alberto Peláez Domínguez, Enrique Van Dulken Muntadas y, aún coleando, Francisco de la Torre Prados y el periodista Andrés García Maldonado, que fue siempre el miembro más joven y de los más entusiastas de la junta directiva de la histórica asociación.

Estudiante revolucionario.
Detrás de ese sueño por la Universidad está el pueblo con sus apoyos e ilusiones, están las familias modestas que no han tenido la oportunidad de enviar a sus hijos a realizar sus estudios universitarios fuera de sus casas, están los profesores y alumnos de las primeras promociones de Económicas, que empujan con fuerza y son conscientes de que el ámbito universitario no sólo dará títulos y formación académica, sino que saben además que será una ventana abierta para canalizar sus inquietudes intelectuales y políticas, para aparecer ante Málaga como la fuerza más viva de progreso en la provincia. Las inquietudes de estos estudiantes de los primeros años de Económicas se convierte en un pilar básico de oposición al régimen. Si hay que destacar uno entre los muchos ejemplos que pueden encontrarse en esas aulas de estudios y luchas clandestinas, ése es el de Leopoldo del Prado. El joven más vigilado y perseguido por la policía malagueña, como delegado de curso en 1962, representante del Sindicato de Estudiantes y delegado de Facultad en 1971, hasta que es expulsado de la Universidad en 1975. En el libro Tiempo de cambio, Leopoldo cuenta una de sus experiencias:
“Una de las veces que la policía me detuvo acusándome de haberme apuntado al PCE dije: ‘No, mira, al PCE me apuntó la policía’. Yo fui a una reunión a Valencia de estudiantes de toda España, entonces yo no era del PCE, era delegado de mi curso de Económicas y me detuvieron, detuvieron a cuarenta y tantos de toda España. Entonces el de la social me preguntaba:
–‘¿Tú eres del Partido Comunista?’. Le contesté: ‘yo no’. Pero, insistió:
–‘¿Tú quieres elegir a los decanos?’ ‘Pues sí’.
–‘¿Y tú quieres intervenir en los Planes de Estudios?’ ‘Pues s텒
–‘¿Y tú quieres intervenir en las fechas de los exámenes?’ ‘Pues sí’.
–‘Entonces tú eres del Partido Comunista”.

Al policía le falta entonces darle el carné de comunista. Ya no hay escapatoria, Leopoldo tiene que ser del PCE. De modo que a su vuelta a casa de aquel viaje a Valencia, busca a un estudiante sevillano que era el único comunista que había en su Facultad. Y desde ese momento, el PCE cuenta con dos militantes, a pesar de que la policía veía comunistas por todos los rincones. La represión que sufre es tremenda. A la mili lo envían al Sáhara, donde lo menos que podía ver era una hoz y un martillo que le recordara su militancia, y sufre hasta 13 detenciones. Su caso recuerda al de José Antonio Casasola –malagueño de Alcaucín–, se le imponen continuas multas, una de ellas de más de medio millón de pesetas, recibe un balazo en un pie, la policía le abofetea al entrar en comisaría y, entre 1975 y 1976, entra y sale de la cárcel hasta nueves veces.

Carne de cañón son algunos de estos jóvenes comprometidos, como el cura Casasola en Sevilla y Leopoldo del Prado aquí en Málaga, al que le toca, para ser aún más perseguido por la brigada social, reorganizar durante estos años al PCE, con sus fuerza mermadas por tantas detenciones.

El discreto encanto de la burguesía.
La sombra de Picasso, siempre tan alargada en este año de su muerte, incita a reconstruir recuerdos de otros tiempos en los que Málaga, además de este faro luminoso de la pintura universal, tiene construida su memoria de vanguardia cultural y pueblo cosmopolita, con su encanto burgués, como en El discreto encanto de la burguesía, parodiando la película de Luis Buñuel (Óscar de 1972), comunista en Francia, como el genial malagueño. Con la Guerra Civil se nubla la huella malagueña de los poetas impresores de la Generación del 27 –Manuel Prados, Manuel Altolaguirre, Hinojosa… Algunos de ellos lograron trasladar su alma de artistas universales por otros mares y ciudades de Europa y América… Su estela es mantenida durante la posguerra por Vicente Aleixandre y, abierta o tímidamente, por sus más inmediatos seguidores en el arte de la impresión, como Ángel Caffarena o Bernabé Fernández Canivell, que abren una renovada línea de conexión intelectual, a través de Litoral y la Imprenta Sur, siempre con la participación de artistas de Sevilla, Granada, Cádiz…, con los cordobeses de Cántico, de los que Pablo García Baena se vendrá a vivir a Torremolinos y Vicente Núñez se hará vecino de la capital, impregnados ambos por la brisa cultural de Málaga. Esa tenue llama, al margen de la cultura del régimen, arde hasta encontrar a las nuevas generaciones, que le devuelven ya a Málaga aquel discreto encanto burgués que la elevó a las más altas cimas y de las que se hace eco Carmen Martín Gaite en su obra El Conde de Guadalhorce. Tanto Málaga, como Ronda, a la sombra de Rainer María Rilke, como Antequera, con Muñoz Rojas como modelo, o Vélez, con aquel eslabón perdido y recuperado que es María Zambrano, cuentan con unas élites culturales definidas, cuidadas por mecenas con apellidos nacionales o extranjeros, que echaron su ancla malagueña a partir del primer tercio del siglo XIX, apellidos de la burguesía industrial, que durante el franquismo se mantienen al margen o se prestan, aunque son los menos, a darle lustre a la dictadura.

El discreto encanto de buena parte de esta burguesía está reñida, por ética y estética, con el tufillo ramplón que desprenden los camisas azules. Personajes como Juan Temboury o Enrique van Dulken muestran, además de sus preocupaciones por la evolución del progreso de la economía, sus inquietudes por los valores artísticos de la ciudad.

En esa línea de la burguesía amante de la cultura, aparece Ángeles Rubio Argüelles (1906-1984), condesa de Berlanga del Duero (originaria de Macharaviaya) y esposa que fue de Edgar Neville, creadora del Teatro-Escuela ARA. Este centro, que lleva las iniciales de su fundadora, se inaugura el día 27 de diciembre de 1962, en el paseo de Reding, con la compañía de igual nombre, que comienza a funcionar tres años antes. En el ARA inician su carrera Raúl Sénder, Fiorella Faltoyano, Antonio Banderas, María Barranco o Antonio Melibeo, entre otros.

El Ateneo y, aún más, la Universidad, que tiene como primer rector al granadino Antonio Gallego Morell, catedrático de Literatura, permitirán resaltar aún más la recuperación intelectual de Málaga. Acaban los años de la soledad, en los que sólo brillaban en la distancia Picasso en Francia, María Zambrano en Estados Unidos y también Berrocal en Italia, junto a las esencias que guardaban los nombres de apellidos históricos. En adelante, la cultura tendrá una honda más expansiva y de convivencia entre las élites y las clases populares.

La vida en números y a retazos. Decía la voz del pueblo que el verano anterior Eleuterio Sánchez, El Lute, con sus dos hermanos el Toto y el Lolo, había sido visto por Cártama y que otra vez se le había escapado el escurrido quinqui, convertido ya en un bandido de leyenda. Los cierto es que la Guardia Civil, que con tanta diligencia sorprendía con redadas a los obreros de algunos pueblos de la provincia, anda como loca persiguiendo esa preciada presa, que finalmente cae detenido, junto a uno de sus hermanos, porque una de las dos gitanillas de Domingo Pérez (Granada) con las que se habían casado en un olivar cercano a la capital, se dejaron ver demasiado en una barriada marginal de Dos Hermanas. Se acaba así la película de El Lute y empieza la ficción de las películas del oeste rodadas en Almería con un desfile de artistas que recalan primero por el aeropuerto de Málaga, al que llega por estas fecha Henry Fonda, protagonista de Mi nombre es nadie. Y de película son los informes que se publican sobre esta tierra y aunque parezcan que no tienen nombre, su nombre es el pueblo, el de cada uno de los hombres víctimas del escaso desarrollo andaluz, de la fuga de capitales y del olvido de los sucesivos gobiernos:
“Al comenzar 1973, los depósitos en la banca privada y cajas de ahorro y rural superaban los 100.000 millones de pesetas”. “Un 10 por ciento en promoción de inversiones anuales en la región cambiaría, en cinco años, nuestra situación”. “Un dato comparativo: las inversiones en estructuras viarias y sanitario-turísticas previstas por el estado para la región suponen unos 35.000 millones de pesetas”, noticia de Ideal (20 de enero de 1974 sobre la situación socioeconómica de Andalucía Oriental: Almería, Granada, Jaén y Málaga). Y añade: “Teniendo en cuenta los datos del Boletín Estadístico del Banco de España, de febrero de 1973, referido a los depósitos de la banca privada de septiembre de 1972, sólo los depósitos bancarios de Madrid triplican ampliamente, en esta fecha, los de toda Andalucía”.

Junto a esa Málaga de oro y brillantes, de deslumbrantes hoteles, de atisbos de progreso en la hostelería, de cirios encendidos para los triunfales desfiles por la Alameda y calle Larios, hay otra ciudad del silencio, social y económicamente marginada, heredera más directa de la posguerra, impotente para levantarse por sí misma. Los números no salen, por más que sean enredados por Fidecaya y sueñen en un milagro de la Rápida. La vida transcurre a retazos, entre tinieblas en la capital de la luz, en la Costa del Sol, donde duelen estas cicatrices como si sobre sus gentes, sus escasos enseres, sobre sus casas, sobre la pobreza misma, pasaran sin tregua las apisonadoras sin piedad sobre las playas del Bulto y la Misericordia, donde ya se especula con los negocios inmobiliarios.

Paseo por la Trinidad. Pues si no quieres caldo, tómalo en tres tazas, ahora callejeando por la Trinidad, buscando nombres propios, historias para no soñar. Una mañana de primavera, en funciones de reportero de choque y en misión de destapar para la opinión pública los submundos ocultos siempre por el poder, dispersos por un barrio enorme, encuentro a un personaje de esta guisa (Sol de España, mayo de 1970): “Soy hombre de actividades diversas… Y además, ex divisionario. Tengo la medalla de Hitler; no me gustan que los jubilados trabajen y deseo que se haga justicia…” Justicieros por libre, fascistillas de pecho descubierto y bigote delator, legionarios. Contemplo entonces este acotado urbano de la Málaga desarraigada al otro lado del puente o unida a través del sucio y legendario Guadalmedina. La Trinidad. Es otro pueblo de 60.000 habitantes –mayor que Ronda, Antequera, Vélez…–, con comercio espléndido por calle Mármoles, floreciente progreso en un sector y mucha miseria en el resto. Tres parroquias, tres cines, cuatro peñas, culturales y deportivas, un cuartel de la Guardia Civil, una gran empresa (Citesa), escuela de Comercio, Hospital Civil, Instituto de Segunda Enseñanza, muchas tascas, mucho desempleo, cajas de ahorros, varias cofradías (“El Cautivo”, “Zamarrilla”, “El Traslado”), un tremendo, fanático y desinteresado fervor cofradiero, un apego innato al folclore de la tierra, una cola de cien enfermos pidiendo medicinas a diario al párroco de San Pablo. La vida intensa, sufrida y alegre del barrio de la Trinidad…. Un barrio prototipo de gente trabajadora, donde viven los mejores artesanos de Málaga: esparteros, silleros, forjadores, carpinteros, pintores, con pequeños talleres en los que brota a diario la chispa del ingenio y la creación. Y además se me hace saber que la trinitaria es la clásica mujer andaluza, de porte flamenco, la malagueña de la biznaga y el clavel, la soleá y la seguiriya. Con un inconveniente, que es rival de la perchelera, y que, entre ambas, se reparten el casticismo más puro de la mujer malagueña.
Dentro, en el patio de vecinos, el espectáculo es desolador. Catorce familias, unas 50 personas a habitación por cada una de ellas. En el patio, pilas de lavar, mucha ropa tendida, niños jugando, una jaula con gallinas, nidos de ratas, varios jilgueros, mucho azulete para aclarar la ropa. El patio está limpio, las vecinas se preocupan de su limpieza. El tipismo no se ha perdido. En el centro, un gran limonero que inspira tararear canciones de los “limoneros” de Henry Stephen y Manolo Escobar, unas familias más alegres que otras, unos niños con cara de lástima y otros con aire flamenco.

Hace 22 años que soportan esta vida, oyendo la lluvia caer sobre los techos de uralita. Pagan de 100 a 700 pesetas de alquiler. Ninguna familia quiere abandonar su habitación hasta que no encuentren un piso o sean forzados por los especuladores, que acechan a cambiar de barraca a un precio al margen del mercado, o a que la suerte se tercie para ser realojados en algún piso, como ya lo fueron los que ahora viven en La Palmilla y otros barrios que surgieron para erradicar el chabolismo.

Otro itinerario, siguiendo una ruta de tugurios y tascas, me conduce a un bar pequeño, donde alguien me dice que huele a esa grifa que los legionarios esconden en sus cornetas y tambores cuando vienen a desfilar en Semana Santa. Aunque yo ni huelo ni veo; será que a los forasteros se les guarda la cara. Pero se percibe un extraño ambiente, de hombres con tatuaje, borrachos, cierto clima de matones, dignos de haber sido observados por Jean Genet o de ser incluidos en algún relato viajero de George Borrow en sus caminatas por una España que permanecía mísera por más que se le presentara bajo una capa de purpurina romántica. Aun así, como un viajero ingenuo, me atrevo a formular la pregunta muy reservada, como si me hubiera caído de un guindo, o como si con mis gafas de concha negra tuviera pinta de parecer un extraño consumidor de cannabis, con miedo y voz muy baja:

–¿Se vende grifa?

Encogimiento de hombros. No se sabe. La gente lo dice. Lo que dice la gente… En todos estos tugurios, la picaresca y la miseria son casi la misma cosa con sus flores de plástico, sus cuadros de la Virgen de la Trinidad, sus retratos de un abuelo legionario, del fenómeno Viberti y de Antonio Molina, figura estelar de la copla. Grifa, mucha grifa entre la pobreza. Aunque para levantar el ánimo, nada como un quitapenas de a cuarta y a granel.

Y Franco en yate.
Con uniforme de marino, y a bordo de su yate Azor, Franco llega a Puerto Banús, en Marbella. Será su última visita a Málaga. Y como un signo premonitorio, el Caudillo no viene esta vez a presidir desfiles militares ni a inaugurar pantanos, sino a una clínica, Incosol, donde piensa que le podrán quitar todos los males que le atacan por doquier. En un respiro, el general recibe al príncipe Alfonso de Hohenlohe, presidente de la Cooperativa de Promotores de la Costa del Sol (cargo en el que le había precedido, de 1964 a 1973, Girón de Velasco). Años antes había recibido la Medalla al Mérito Turístico ya que, en verdad, don Alfonso era uno de los auténticos pioneros de la Costa del Sol desde que su abuela, la duquesa de Parcent, le dijo en Ronda a su hijo, el príncipe Max: “¿Cómo pasáis las vacaciones en el Norte cuando aquí tenemos antepasados malagueños?”. Entonces la familia Hohenlohe decidió comprar la finca Santa Margarita, de siete fanegas de tierra, que se terminó de construir en 1948 cuando en Marbella sólo existía el Fuerte y el casino, y en Torremolinos Las Rocas. Los Hohenlohe siguieron después con Marbella Club y empezó la era dorada de la jet set, con Roschild, Niarchos, Audrey Herpburn, la duquesa de Alba, la reina Fabiola (su hermano Jaime de Mora quedará bien instalado entre esta galería de famosos), Brigitte Bardot o el dramaturgo Edgar Neville. El hombre de teatro madrileño había dado el nombre de Malibú a su refugio bohemio, de amigos, jolgorios y festejos, como la fiesta de disfraces espaciales sobre el entonces lejano año 2000, del que decía: “Marbella en el año 2000 seguirá siendo andaluza”. Y Aristóteles Onassis que llegó a decirle en una ocasión a su anfitrión: “Has conseguido aquí con un millón de dólares más que yo en Montecarlo con mil millones”.

Completa esta faena de promoción de altos vuelos don José Banús, el empresario más potente de la Costa en esta Marbella, ciudad que en 1970 le otorga la Medalla de Oro del municipio. Una ciudad, en la que el vicario don Rodrigo Bocanegra –que fallece este año de 1973– no da abasto para inaugurar tanto hotel y asesorar a doña Carmen Polo a saber sobre qué cuestiones del espíritu.

Con más sosiego veranea don Juan de la Rosa, lejos del mundanal ruido, en la residencia que la Caja de Ronda había construido en Sabinillas (Manilva), donde el todopoderoso cajero pasa sus últimos retiros y donde puede sentirse satisfecho de una obra de la que era su director desde 1939, con una sola oficina y un déficit de un millón de pesetas, que, a la altura de 1984, se convierte en 500 oficinas y 150.000 millones de pesetas. Y ahora ya ni les cuento.

Intelhorce en la Catedral con Buxarrais. Ni que la progresía lo hubiera pedido, lo cierto es que el 13 de abril de 1973 llega a Málaga un obispo para la ocasión. Después de la etapa de Suquia, que había desarrollado más una pastoral sin compromiso social, el nombramiento de Buxarrais para ocupar esta sede episcopal significa un revulsivo para la Iglesia, en la que se mantiene el terreno abonado por Herrera Oria y Benavent, y una forma de interpretar los avances logrados por el Concilio Vaticano II. La primeras palabras del nuevo obispo son: “Quiero ser el obispo de todos los malagueños”. Y a ese empeño dedica su actividad durante los 18 años al frente de la diócesis. Pero, para ser el obispo de todos los malagueños o de todos los católicos de Málaga, Buxarrais da un paso más avanzado que sus predecesores, para abrazar a esa parte de malagueños que es la inmensa mayoría y que más requiere de su atención, como ya vienen haciendo canónigos como José María González Ruiz, párrocos de la capital y de algunos pueblos, que se encuentran en situación comprometida cuando no de abierta colaboración con Juventud Obrera Católica (JOC), de gran actividad en estos años, la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Juventud de Acción Rural Católica (JARC), los Hermanos de Foucaut, además de jesuitas y religiosos de otros movimientos, que trabajan en barrios marginales y que se suman a los sindicatos obreros para apoyar las reivindicaciones de los trabajadores. Buxarrais, el obispo con cleriman, cercano, sencillo, al margen de todos los oropeles del cargo y de los artificios palaciegos, se convierte en el obispo del pueblo y a la vez en el obispo más incómodo y odiado por las clases tradicionales o dominantes.

El movimiento obrero se constituye en punta de lanza para evitar la caída en picado de la economía provincial y en consecuencia la miseria que acecha a miles de familias, que dependen de las industrias de las grandes empresas, de la construcción y del turismo. El encierro en la catedral de los trabajadores de Intelhorce, declarados en huelga indefinida hasta que se firme el convenio, responde a esa necesidad de plantar cara al sistema nada menos que desde esta simbólica plataforma. El pulso significa, por un lado, la toma de conciencia de los trabajadores de la empresa y, de otra, una “puesta en escena” de CC OO, el sindicato que apoya esta iniciativa sin precedentes en la provincia.

“…La represión de 1969-70 mermó los efectivos, pero pronto se rehizo en 1971, apareciendo su órgano de expresión Voz Obrera. En los años 1971 y 1975, se intensifican las luchas obreras en Málaga, teniendo como puntas de lanza las empresas Citesa e Intelhorce”, manifestará años después José Velasco Gómez, doctor en Historia Contemporánea.

Los trabajadores de Intelhorce ganan finalmente este pulso. La empresa acepta sus condiciones y firma el convenio. Para el régimen es una bofetada en toda regla. El escándalo ha sido mayúsculo y lla derrota es terrible, con la catedral como escenario del campo de batalla, y CC OO capitaneando la operación. A partir de ahí, se abre una brecha enorme en el muro del régimen, que facilita oxígeno a los sindicatos obreros para continuar con su cometido.

Todo este movimiento obrero, muy pegado ya a la iglesia de Buxarrais, va cogiendo vuelos. Otro frente sindical de oposición está abierto en el campo, donde se vienen observando movilizaciones desde los años sesenta, incrementándose en los primeros años de la década siguiente, con especial incidencia en la comarca de Antequera –donde actúan, además de los sindicatos de clase, un grupo dinámico de sacerdotes–. En 1968 queda desarticulada una estructura con la detención de 145 jornaleros, que contaban con una coordinadora propia a traves de la que organizan, en 1972, una huelga que dura 16 días, hasta que son aceptadas las condiciones exigidas por los jornaleros, según datos del profesor Velasco Gómez, que añade: “Con esta victoria, la moral de los obreros estaba en alza y en la campaña de 1973/74, ante el aumento del coste de la vida y el elevado precio de las aceitunas, estaban dispuestos a plantear una plataforma en la que se pedían: 450 pesetas para el vareador, 400 para el recogedor, seis horas de trabajo y no al destajo. La huelga se planteó durante cinco días y en ella participaron más de 300 obreros. Fueron los pequeños patronos los que aceptaron las propuestas obreras”. (...) “A partir de estas movilizaciones se crearon las movilizaciones campesinas, funcionando en 10 de los 20 de la comarca”.

Un malagueño en el gobierno de Carrero. En junio Franco cede a su mano derecha, el almirante Carrero Blanco, la presidencia del Gobierno, reservándose para sí la Jefatura del Estado. Carrero es un hombre vinculado al Opus Dei y, como tal, despierta los celos de los falangistas, que tienen en Girón de Velasco a su máximo valedor. En su nuevo Gobierno, el almirante nombra ministros a dos andaluces: un falangista para Málaga, José Utrera Molina, y un granadino cercano al Opus Dei, Julio Rodríguez (con este nombramiento el almirante le mete un gol a su general, pues Franco cree en todo momento que el granadino de prestigio al que se refería Carrero para darle la cartera de Educación y Ciencia es el prestigioso catedrático de Derecho, Luis Sánchez Agesta).
A José Utrera Molina se le encomienda el Ministerio de Hacienda y su ascenso al rango ministerial representa un guiño a la Falange y un premio para él, un hombre que es miembro “nato por Málaga” del Consejo Nacional del Movimiento, inequívocamente leal a las esencias del régimen, tanto es así que no dejaría en el futuro de vestir su camisa azul –su libro de memorias lleva el título de Sin cambiar de camisa– y curtido ya en los gobiernos civiles de Ciudad Real, Burgos y Sevilla.

La Málaga oficial saluda con entusiasmo el nombramiento de un paisano en una cartera importante para la provincia, que este año ve cómo se acaba el suplicio de la carretera de la Reina al quedar abierto el paso por Las Pedrizas hacia la provincia hermana de Granada. El Gobierno Carrero tenía los meses contados. Y ya hay en escena, además, otros malagueños vistiendo otras camisas, que tampoco están dispuestos a cambiarlas y que no son precisamente las azules en la escena política, exigiendo el paso aunque se hiciera desde la clandestinidad, como están todavía los del PCE, aunque se sabe ya quiénes son las nuevas caras –como Leopoldo del Prado– y los que están a punto de volver del exilio –como Tomás García–. O los del PSOE, con sus jóvenes dirigentes andaluces (Felipe González, Alfonso Guerra...) que ya empiezan a darse a conocer junto a los andalucistas Alejandro Rojas Marcos, Luis Uruñuela y, en Málaga, Miguel Ángel Arredonda, además de partidos a la izquierda del PCE, como el PTE, MCE, OIC y LCR, aparte de los sindicatos de clase, CC OO y la reaparecida UGT. Son los últimos años de la clandestinidad, cuando estos jóvenes reciben el apoyo de los veteranos socialistas que han mantenido la memoria histórica.

Con los partidos empujando ya a cara descubierta, Franco cada vez más enfermo y su delfín entrenándose todavía como gobernante de una dictadura, en la que parecía que tenía todos los cabos atados, llega el 20 de diciembre: el coche de Carrero Blanco vuela por los cielos de Madrid. Un atentado terrorista que ETA ha preparado al detalle para matar al hombre clave, acelerando así la descomposición del régimen franquista. Carlos Arias Navarro, aquel fiscal de Málaga de triste memoria por su actuación durante la Guerra Civil, es el sucesor de Carrero Blanco y, en sus gestos, en su mirada, en sus palabras, representa ya el signo más evidente del final de un ciclo. Pero todavía queda tiempo y, como se sabe, en esos últimos tiempos de indecisión y recelos es cuando afloran los estertores terribles que preceden a su muerte.

Epílogo con Picasso. El más presente de los malagueños ausentes, a partir de este año de su muerte, es Pablo Ruiz Picasso, que trasciende ya el reino de la inmortalidad. La luz de su cuna, convertida en nostalgia y trazos de mil colores, es la herencia que recibe de niño y que querrá transferir a su pueblo, aunque la distancia y el dolor expresado en su Guernica le impedirán bañarse en su mar y soñar con sus lunas. Esos ojos del artista, clavados en el infinito, chocan en este universo soleado de su infancia. Su sombra, en recuerdos y abrazos epistolares, será paseada, como un fantasma divino, por su primo Manuel Blasco, el pintor de los trazos ingenuos. El genio del artista se torna más humano cuando recibe en su casa a los jóvenes artistas malagueños Virgilio Galán, José Guevara, Alfonso Ramón y Gabriel Alberca, que llaman a su puerta de Cannes, en 1957, después de un largo viaje. El maestro se conmueve, huele los manjares de la tierra que le ofrecen y con un trago de vino Cómpeta se arranca por cantes del Piyayo. Éste no es el monstruo comunista que el franquismo ha querido propagar del pintor, cuyo nombre no es vetado en 1961 para denominar al Museo de Bellas Artes. La Universidad, sin embargo, decide incorporar, con el acuerdo tácito del artista, la paloma picassiana a su escudo. Una paloma que ilumina simbólicamente los nuevos pasos del futuro, mientras va cayendo la dictadura de la intrascendencia, la banalidad, de la oscuridad y la muerte, al ritmo de la nueva sintonía de la libertad, la creación y la justicia. Vuela la paloma y trae los nombres de todos los hombres que cayeron por el camino defendiendo las ideas artísticas, políticas y sociales, sobrevolando estos cielos, hasta que se va descubriendo la luz del laberinto, que señala caminos y tajos, y descubre los mascarones que se amarran a su proa, todavía en estos últimos días, en el año de la muerte del pintor, cuando todavía queda mucha tela que cortar. Y que Dios y fray Leopoldo de Alpanderire, que ya va para beato, nos cojan confesados. Inmersos todavía en este tiempo de dictadura, la paloma de Picasso avanza como rayo de luz que rompe tinieblas.
   
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