Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
19 de noviembre de 2017
 

 
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  1973
  Antonio Ramos Espejo
  La gran nube
  Los cielos amanecen un día y otro cansinamente tenebrosos, con los malos vientos azotando las libertades de los que caen en redadas individuales o masivas, está lejos de aparecer una luz de esperanza, cuando salta por los aires un coche blindado con el cuerpo del presidente Carrero Blanco, elevado como una nube hacia los cielos. Pero la gran nube aparece más tarde, a traición, en un azote de la naturaleza, que arroja a sus víctimas de La Rábita a la mar bravía. Y en la más absoluta marginalidad, El Lute y El Toto festejan sus bodas bajo un puente con dos niñas gitanas.

Llegará algún día en que puedan curarse las heridas. Todavía, y por cuanto tiempo más, qué pesadilla, aquellos personajes que obran en la oscuridad, donde sólo el silencio puede oír los gritos de los torturados, pasean orgullosos por infundir el terror. 
La vida sigue su curso. El poeta Manuel Benítez Carrasco vuelve a Granada cada vez que siente añoranzas, como los pintores Manuel Rivera y Enrique Padial Ruiz, que añora exponer en su tierra. En Sierra Nevada es frecuente ver a los Príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, con sus hijos; en Motril, a los reyes de Bélgica, Balduino y Fabiola, la paraje feliz, y por la Alhambra, pasean emocionados los príncipes de Japón, Aki Hito y Michiko. Granada es tierra de realeza, o lo fue históricamente hasta que se despidió el último rey de Granada, Boabdil (Muhammad XII), rendido y engañado por los Reyes Católicos, desterrado a la Alpujarra hasta que el desventurado monarca emprendió el viaje sin retorno hacia Fez, donde dice la leyenda que murió como un valiente, anciano de barba cana, defendiendo los intereses de su protector, el rey de Fez. José María Santaella Godoy es el nuevo alcalde de Loja, se crea la Caja Provin-cial de Ahorros de Granada bajo la presidencia de Martínez-Caña-vate, entra en funcionamiento Mercagranada y Flan Dhul, que junto con Alsina y Puleva, es ya una seña de identidad de Granada, como el pionono lo es de Santa Fe, inaugura una nueva factoría. Como señas de identidad cultural son los sonidos de las guitarras de An-drés Segovia y Manuel Cano en la Casa Museo de Manuel de Falla. Pablo Picasso recibe un homenaje en la Universidad.


Sabina escapa a Londres. Golpe a golpe se traspasan los muros de contención que ha colocado el régimen. En el intento unas generaciones a otras se han pasado el testigo. Así permanecen las huellas de las anteriores, los errores y los aciertos, las caídas y las delaciones, las enseñanzas de trincheras. Y no se pueden olvidar los años de las nubes más oscuras. El antes y el después de 1970. Aquellos jóvenes cachorros universitarios, que había fichado Paco Portillo, dejarán su currículum revolucionario antes de asomarnos a este que será el año de Carrero Blanco. Militaban ya, en la cantera de la Facultad de Letras, Juan de Dios Luque, Emilio Escobar y el sevillano Miguel García Posada, que lideraban además el Sindicato Democrático de Estudiantes. Y fueron entrando, desde 1968 y en años sucesivos: Javier Terriente, Mateo Revilla, Joaquín Bosque Sendra, Pablo del Águila (el malogrado autor de Qasida del amor que se fue y no vino, hermano poeta de Juan de Loxa), Joaquín Sabina, Jesús Carreño, Antonio Aragón, Manuel Contreras. Además de la que había caído sobre Granada en agosto de 1970, en octubre se decretó el estado de excepción con  motivo del juicio de Burgos, en el que se  fallaron nueve sentencias de muerte contra miembros de ETA y del FRAP; tiempos difíciles para el más mínimo respiro.

Un petardo o bomba había estallado en el Banco de Granada en plena Gran Vía. En la redada cayeron algunos de los más destacados comunistas y se puso especial atención en los militantes universitarios. Joaquín Sabina, oliéndose la tostada, escapó por pies. El estudiante y cantautor de Úbeda, hijo y hermano de inspectores de policía, tenía una novia inglesa en Granada. Sabina y su compañera lograron escapar a Madrid y allí, la muchacha consigue que el joven estudiante se refugie en la Embajada británica, desde donde se le facilita la escapada a Londres. En la capital inglesa pasa después unos años más contemplando desde la lejanía el duro panorama que había dejado. Con la detención de algunos compañeros, aparece el nombre de Sabina, a sabiendas de que ya estaba a salvo, como el autor del petardazo, para librar de la quema al camarada que había sido el autor de aquel lamentable hecho. Ahora, más de treinta años después, se cuenta que la mano ejecutora de la acción violenta fue la de un camarada, que se distinguía por su ardor revolucionario, al que llamaban El militar y falleció hace años. Las redadas a los comunistas alcanzan hasta Cerro Muriano, donde hacen la mili, a Terriente y Revilla, miembros activos de las Comisiones Democráticas de Soldados, que sufren las consecuencias en el calabozo. Más adelante se incorporan otros militantes: en Pinos Puente entra el jornalero José Guardia Rodríguez, destacado activista, que se entrega con pasión a la causa antifranquista; y aumenta el número destacados militantes de la Universidad con Antonio Cruz, Javier Alfaya, Manuel Monereo... La memoria histórica de Fanny Rubio traza el retrato de época:
“Granada es el bar Bimbela, Puentezuelas, Emilio Orozco explicando a san Juan de la Cruz con un patio de palmeras al fondo, la escuela de estudios Árabes de la Cuesta El Chapí... Granada es el paraíso cerrado, Pablo del Águila, Carlos Cano escribiendo poemas –porque Carlos empezó de poeta–, Juan de Loxa, Joaquín Sabina, Juan Carlos Rodríguez explicando a Gil de Biedma, Álvaro Salvador con pelo y pantalón de pana... Íbamos a Víznar a recuperar el paisaje lorquiano –con Mateo Revilla– en un ambiente irrepetible. Luego vino el drama: el suicidio de Pablo, Joaquín refugiándose en Londres, Bernabé (Bernabé García) y yo en Marruecos porque aparecíamos en listas... ¡Ah, y Felipe Alcaraz, que escribía su primera novela y ninguno lo sabíamos!” (Entrevista de Juan María Rodrí-guez, El Mundo, 5 de febrero de 2002).

Paco Portillo, que en los días más fríos se duele aún de las palizas recibidas en la  Navidad de este mismo año de la redada estudiantil, sigue con su labor de zapa, célula a célula, repartiendo carnés, comprometiendo a los nuevos militantes en la venta de Mundo Obrero; mientras José Cid de la  Rosa hace lo propio con
CC OO. Pedro Fornell continúa esperando al buzón socialista. En el Gobierno Civil se intensifica el control de la oposición. Se ven rojos por todas partes; curas obreros, cristianos comprometidos, muchachos que están dispuestos a coger el relevo de sus padres. El miedo que infundió la represión de 1970 se transmite a flor de piel. Otra Granada está a punto de estallar. Aquella Granada que había quedado dolorida, humillada, tenía que cobrarse su propia factura, aunque parezca que por las calles transita la normalidad y se comente tímidamente el óscar otorgado al comunista Luis Buñuel, por El discreto encanto de la burguesía; un renegado español, un afrancesado, como se le tacha; lo mismo que se dice del genial malagueño Pablo Picasso, que muere este mismo año en Francia, donde otro español, Luis Ocaña, gana el Tour; a Amparo Muñoz se la corona Miss España y Johan Cruyff llega al Barcelona para revolucionar la afición futbolística.

Clases de mala follá en El Elefante.
En el bar de Enrique Martínez –Casa Martínez, fundada en 1870, más conocida por El Elefante–, en Puerta Real, alterna una curiosa fauna de poetas, profesores, rentistas, buscavidas, oficinistas, libreros, periodistas, políticos que proceden de Falange y aspirantes a enrolarse en los movimientos de oposición cuando el clima sea más propicio. José García Ladrón de Guevera (en adelante, Pepe Guevara) arrastra a su rincón preferido de la esquina, desde donde se controla la barra y el desfile exterior, su ración diaria de clases particulares de mala follá, a los que quieran oírla y curarse de sus efectos con un vasillo de vino de Albondón y una tapa de jamón de Trevélez. Se aprende allí a vivir y a estar en Granada de poeta, de filósofo o de paseante. Pepe enlaza, además, con las generaciones mayores, sean o no vencedores de la guerra, como los Rosales, o con los represaliados o hijos de las víctimas, o los que pasean la carpeta con algún escrito de los abajo firmantes. Guevara es, en el fondo de su alma y por tradición familiar, un socialista agazapado, que espera su oportunidad para salir con el carné en la boca.

De esa corte discretamente bohemia sale Miguel Ruiz del Castillo, Miguelón, que se hace poeta con un solo poema Vivir, vivir..,  que es lo que realmente le gustaba, vivir intensamente..., como a Pepe Corral, que además de periodista y de economista, ejerce de filósofo y hace proselitismo de la Alpujarra, en su casilla de Capileira, pueblo en el que ha  colaborado a su difusión José María Izquierdo con un libro maravilloso y al que llegan otros alpujarreños de adopción, como Francisco Ramírez, que trabaja en la Unesco, de París (allí organizó en 1972 un homenaje a García Lorca), esperando, también como Pedro Fornell, como Pepe Guevara, como el escritor José Fernández Castro, su buzón socialista. Para alpujarreño total, Paco Martínmorales, que ha afianzado ya su firma en Ideal, heredero de la tradición humorística del maestro Miranda y de Soria en Patria. Y está silencioso en su oficina, frío, heroico y divino, el poeta que corta con sus versos el aire de Granada, este Rafael Guillén, granadino imperturbable, al que le oí decir para levantar su propio ánimo: “Pobre del mundo cuando se callan los poetas”. La ingente figura de García Lorca impide que esta generación de poetas brillara con luz propia.
Recala por El Elefante un extraordinario cuarteto periodístico, formado por el maestro Antonio Cortés, su hijo José, el torero de la torería, Santi Lozano, y José Luis de Mena, alhameño de adopción, que también espera la llegada del buzón de los demócratas cristianos. También reposta por allí otro trío de compañeros, que ya van por la penúltima: Rafael García Manzano, José Luis Piñero y Rafael Gómez Montero, el abulense, que no sentía empacho en proclamar su lealtad a sus orígenes políticos en el Frente de Juventudes, desde donde lo enviarían a dirigir las emisoras sindicales de Almería y Granada. Juan José Ruiz Molinero pertenece a la casta abstemia, seguidor de Ganivet, se hace periodista a su sombra y como crítico del Festival de Música y Danza. En el periodismo granadino tenemos otras firmas y otras voces, José María Guadalupe, José Luis Moreno Codina (El Codi), un adelantado del moderno periodismo deportivo, Pedro Barrionuevo, Nono Hidalgo, José Luis Castillo, que es la pluma más incisiva de Patria, Juan Bustos, que aporta nuevas formas de interpretar la radio, jóvenes valores como Carlos Centeno, Miguel Ángel Blanco y una alumna de prácticas en Patria, la becaria Asunción Valdés, además de dos fotógrafos que son genio y figura: Juan Granados (que hacía las fotos en Ideal, heredero de la firma Torres Molina) y Miguel Ferrer (Patria), que entraban en disputa para conseguir el balón del gol dentro de la red y si no se pintaba pacientemente para sacar pecho y dar el pisotón a la competencia.
Y teníamos, además, dos firmas consagradas en Madrid: Tico Medina, que había entrevistado en Pueblo de Emilio Romero lo mismo a Franco, que a Lola Flores, que al Ché Guevera y a Manuel Benítez el Córdobés, este Escolástico, de Píñar, con un periodismo de sentimientos; y Jaime Peñafiel, que era el que más entendía en la revista Hola de Soraya y Farah Diva, las mujeres del Sha de Persia.

Crear es transgredir. Juan de Loxa quiso romper el maleficio. Y lo conseguiría de múltiples formas, colores y transgresiones. Había crecido en Loja y se había educado asomado por los ventanales de la Abadía del Sacromonte hacia la otra colina de La Alhambra, tendiendo su propio puente de miradas. Quizá allí soñó con seguir los pasos más arriesgados de Federico y de allí saldría con las energías de un creador. El poeta no sólo es un rompedor de moldes, sino que va más lejos, porque construye su propias hormas. Saca de su Poesía 70, el Manifiesto Canción del Sur, convirtiéndose en un adelantado revolucionario multimedia de la cultura. Es un imán atrayendo a los nuevos valores a participar de sus experimentos. Con Juan están los poetas Carmelo Sánchez Muros, Pablo del Águila, Fanny Rubio, Justo Navarro, José Carlos Rosales, el cubano Julio Miranda... En su revista se conocen los nuevos avances del diseño de Claudio Sánchez Muros. En la canción, ¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?, crecen Carlos Cano, que pronto echa a volar solo; y Antonio Mata, que llega de Jaén con una estrella luminosa, cantando, tan digno como fugaz:
Yo vengo del silencio,
vengo del miedo y del secano;
traigo los ojos tristes,
las manos limpias
y firme el paso.
He dejado mi casa,
quiero vivir en libertad
con mis hermanos.

Y se asoma Raúl Alcover. El grupo crece mientras los primeros levantan vuelo, con Ángel Luis Luque, Miguel Ángel González, Enrique Moratalla, Esteban Valdivieso... y tienen un himno, compuesto por Mata y Cano, que es su operación triunfo –Yo soy del Sur, y como andaluz tengo el alma fuerte y callada... Campos de Andalucía, decidme dónde está Alberti... Eso lo digo yo...–, con aquellos escasos medios, de tiritar de frío en los escenarios, pero con ganas de ser vanguardia de canción y reivindicaciones. Juan de Loxa, con su taller de nuevo talentos, es de los personajes más interesantes para entender la clandestinidad, el desafío de la cultura al franquismo.
Aunque todos estén entrelazados, hay otros frentes poéticos que participan conjuntamente de la poesía y del arte como armas clandestinas: salen de la Universidad Mariano Maresca, Juan Vida, Julio Juste, Álvaro Salvador, Francisco Javier Egea, los activísimos Justo Navarro y José Carlos Rosales, todos ellos en la órbita comunista, con el profesor Juan Carlos Rodríguez, actuando como el gran mentor de las nuevas letras granadinas.

Rock y flamenco. Granada canta y baila. Miguel Ríos se ha asentado ya como rockero de fama. Enrique Morente cuida los pasos de una carrera innovadora. Mario Maya es ya un bailaor que recorre el mundo y asoma por Granada para llenar los pulmones de las raíces del Sacromonte. Tres personajes que se salen del circuito oficial para alinearse en las filas de la clandestinidad.
Miguel Ríos vuelve a su Granada, con los el éxito del Himno a la Alegría, que lo ha encumbrado internacionalmente; pero nunca olvida los orígenes, que lo han marcado. Su inclusión en la lista de artistas comprometidos con la causa, independientes o ya cercanos a los partidos de la izquierda, da a su trayectoria una dimensión más enérgica y solidaria, de la que nunca se separará. Porque encontrado, además de la música, o con la música, la manera de estar con el pueblo; le ha llenado su vacío de rockero famoso, ampliando su escenario vital y artístico. En ese giro tuvo su influencia, una velada de Manifiesto Canción del Sur, en la Cuesta de San Gregorio, en la casa de Juan de Loxa, en la que participan Carlos Cano, Ángel Luis Luque, Antonio Mata... Miguel Ríos se convierte a la canción del Sur. Antonio Mata, invitado de Miguel en Madrid, escribe e inspira el disco que recoge este giro de compromiso: Al-Andalus.

Mario Maya podía haber sido la foto fija del flamenco explotada por el turismo y la imagen del régimen. No sé si porque era consciente de que no quería ser el topicazo del Sacromonte o por el genio creador que lleva dentro, el caso es que se dedica a romper clichés para dignificar el flamenco y contribuir a la imagen de la Andalucía, que comienza a dignificarse. No ha llegado la hora de su compromiso total, el momento de su definición, pero está, como lo ve Pepe Guevara:
“Hace catorce o quince años se nos fue a Madrid, a Nueva York, un gitanillo con ganas  de ser alguien importante. Un chavea que no se conformaba con quedarse en atracción para los turistas. Yo supongo que se fue con lo puesto. Y con el son del Sacromonte, latiéndole al compás de la sangre. Se hizo un hombre y un artista cabal por esos mundos. En 1971 vuelve a España y se gana el premio Nacional de la Danza, que otorga anualmente la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera. En 1972 aparece por Granada. Lo hemos recuperado por algún tiempo. Conviene decirlo. Que lo sepan, que tenemos con nosotros un granadino auténticamente ilustre. De los muy pocos que se honran honrando a su tierra” (Ideal, 7 de enero de 1973).

Enrique Morente aparece entregado ya a la causa. El cantaor de la voz prodigiosa siempre ha sido muy cuidadoso con su carrera artística e innovadora, e incluso con su imagen pública como cantaor comprometido. No quiere intromisiones, ni exponerse a la contaminación ambiental de los escenarios oficiales. Acaba de editar su Nana de la cebolla, inspirada en Miguel Hernández, cuando le pido entrevistarle para Ideal. Frecuentaba Enrique el bar de Las Provincias, donde también acudía ese gran aficionado flamenco, amigo suyo, periodista sensible y comprometido que era Rafael Villegas. Poco menos que necesité de los avales de Fermín Vilches y de Rafa Villegas para que le dijeran al cantaor que el periodista era plumilla de fiar. Colar, como se decía entonces, esa entrevista en el periódico no era tan fácil, ni por el entrevistado ni por el poeta al que cantaba, y había que introducir alguna pregunta que disimulara que la entrevista no resultara sospechosa de proselitismo: “Soy un hombre del pueblo para el que canto a Miguel Hernández”. “Cuando canto procuro que sirva para algo más que para el sí o para el no que los aficionados puedan darme...”
Y tras esos titulares sigue el texto de la entrevista, que discurre en estos términos:
- Te dirán que canté a los aceituneros, a los hombres con las manos hinchadas en el campo de Pegalajar.
- ¿Por cuánto?
- Por nada, nada, nada.
- ¿Te consideras un cantaor problemático?
- Yo no sé, quiero actuar con la mejor sinceridad posible, con lo que me dictan mis sentimientos. Yo antes era un cantaor que no sabía por qué cantaba.
- ¿Y ahora?
- Encontré la razón porque he hablado con la gente, he recorrido mundo, voy dándome cuenta de lo que es justicia y lo que no lo es.

Del Albaycín al Barranco del Abogado.
Al Albaycín se le deja morir. El barrio que había sufrido la represión más terrible de la Guerra Civil en Granada, se encuentra en un alarmante proceso de deterioro. Sus vecinos habían iniciado ya la estampida hacia otros barrios de nueva configuración: las sucesivas ampliaciones del Zaidín, La Chana y muchos de ellos, como damnificados de las inundaciones de 1962, vivieron en barracones, en la Virgencica y últimamente en el Polígono de Cartuja, el barrio destinado como veremos más adelante, a recibir el gran aluvión de los desfavorecidos de Granada en todos los órdenes. Pero el Albaycín es la historia de la hermosa colina, situada frente a la Alhambra, donde se asentaron los primeros pobladores, donde nació el auténtico ser granadino, y no ese otro que se inventaron unos granadinos para subyugar a otros. Palacios y casas moriscos se mezclan con otras en las que viven hacinadas muchas familias. Un ejemplo de su urbanismo abandonado con aviesas intenciones especulativas, lo representa la histórica Casa de la Lona, famosa por haber sido la factoría donde se fabricó el velamen para la Armada Invencible. Luis Seco de Lucena da la voz de alarma sobre su mal estado, del que Pepe Guevara se hace eco en su columna de El Búho. Cuando llego a conocer el caserón, en el que habían nacido y vivido miles de granadinos, sólo quedan tres vecinas que se lamentan de su suerte Francisca Salado, la Santera, de 89 años; Matilde Fernández, de 87; y Francisca Carvajal, de 69; porque la ruina sin piedad les fue interrumpiendo, y ya hasta su muerte, esa quietud que se siente en el ocaso de la vida.
Ya lo dice José Romero, Perical, o El Tío de las Brochas, que estaban esperando a que se murieran para especular con sus viviendas. Perical, que surte de brochas artesanas a los barberos de Granada, representa a tantos hombres y mujeres, artesanos, en talleres en los que se practican los más diversos oficios y se conservan las ricas tradiciones de orfebrería, cerámica, forja... sino que además sirven, como las pequeñas tiendas de comestibles, las sacristías y las reboticas,  para fomentar la conciencia crítica, como cajas de resonancia para desahogar injusticias,  hasta que entregan esa responsabilidad cívica a las incipientes asociaciones de vecinos.
Pero donde se encuentra el submundo a flor de piel, los restos sociales del naufragio de un régimen, que sólo dedica una parte de los recursos  económicos para parchear con los más necesitados, es en el Barranco del Abogado, situado en la ladera opuesta a la Alhambra, debajo del Cementerio, frente al cauce del Genil y  Sierra Nevada. Un paisaje de ensueño, al que la especulación urbanística le ha echado el ojo. Pero en el Barranco del Abogado viven aún, después de haber sufrido las fatales consecuencias de las inundaciones, dos mil personas. Allí, en cuevas o en casitas modestas, se vive a la última pregunta. O se encomiendan a la Virgen de Lourdes, a la que se adora en una gruta en el camino de entrada al Perchel Alto, al Perchel Bajo y al Camino Nuevo del Cementerio; o se encomiendan a su cura párroco, don Gerardo Bermúdez, y éste, a su vez, a Franco. Cualquiera de los dos, la Virgen de Lourdes o Franco, creen que pueden obrarles el milagro de llevarles agua, construirles una escuela, asfaltarles los caminos y, más que otra cosa, darles una vivienda. Pero allí, es donde han nacido y se resisten a salir. Me cuentan que  una muchacha del barrio, que gracias a que se había encomendado a la Virgen de Lourdes había conseguido salir y montar una peluquería en Barcelona, fue de nuevo al barranco de su alma, a entregarle un fajo de billetes a don Gerardo porque en ella se había obrado el milagro de la liberación. Don Gerardo, cura a su manera, da sotanazos arriba y abajo por aquellas veredas cargadas de chumberas, recogiendo el clamor de sus feligreses:
“Miles de voces nos han dicho: las plantas del cementerio si no tuvieran agua se morirían. Nosotros, los hijos de Dios,  tenemos lo que los muertos no quieren, el agua que pasa por sus fosas en unas tuberías rotas”.
Pero los milagros no llegan y sus influencias apenas si alcanzan a resolver su propia situación. De Franco sólo había conseguido una carta, con la que un día se fue a la casa de la Perragorda para reclamar una vez más su paga de jubilado, ganada al servicio de Dios, de la Patria y del Caudillo, y en vista de que lo siguen mareando con más papeleos, enseña la misiva de Franco y aquello sí que obró el milagro. Don Gerardo tiene su paga a partir de 1973. Pero a sus dos mil feligreses, ni la Virgen de Lourdes ni Franco le hacen ni puto caso.

Y me pregunto ahora al repasar datos y refrescar situaciones, qué pensarán de todo este trajín político de la transición, del cambio de agujas que se está experimentando, estos miles de granadinos que se buscan un jornal donde lo haya, dentro o fuera de la provincia, en los trenes de la vendimia hacia La Mancha, o más lejos a Francia, temporeros con la casa a cuestas. Diez mil jornaleros recibe la monda o zafra de Motril-Salobreña, dos pueblos gobernados por dos abogados: José A. Escribano Castilla y Antonio Martín. En unas fugaces referencias por la provincia, nos encontramos con esos pueblos alpujarreños que viven gracias a sus emigrantes. En Mairena, los emigrantes giran a sus familias un promedio de 16.000 pesetas mensuales. Recuerdo el lamento amargo y lírico de una mujer de este alejado pueblo alpujarreño: “El hombre se va como la cigarra y la alondra perdida”.

Se fueron yendo en silencio, empujados por la necesidad. De Yegen, el pueblo donde Brenan escribió su Al sur de Granada, hasta el párroco, Francisco Sánchez del Río, se va los veranos con sus feligreses temporeros a trabajar de jardinero. En Benalúa de Guadix hace mella la crisis de Pastalfa, con ochenta familias que llevan más de seis meses sin cobrar, dependientes de las tiendas de comestibles que le fían la cesta de la compra. Todavía no ha llegado el asfalto a Almaciles, de La Puebla de Don Fabrique, la última aldea de Granada, allá en los confines con Murcia.
 
En Olivares, un pueblo de 1.400 habitantes, los arrendatarios de una finca de 3.000 fanegas pagan al señor cuasi feudal el cuarenta por ciento de la recolección, además de una gallina o dos por el alquiler de la casa; mientras hay pueblos que reivindican médico, agua, luz, escuelas... En la inmensa llanura del Marquesado del Zenete, sobresale el monumental castillo de La Calahorra, cerca de otros monumentos arrancados por el hombre a la naturaleza: los montículos de tierra de las minas de hierro de Alquife, la primera de España, con 700 mineros alquifeños y de los pueblos de la comarca (Albuñán, Jerez del Marquesado, Lanteira...), que ganan 10.000 pesetas al mes, por ocho horas diarias más cuarenta de extras.

Las cacerías del Duque de Wellington. Inflamados como estamos por la música ambiental –A caminar, a caminar, hasta meternos en el mar...; A las barricadas... Te recuerdo Amanda...–, las aspiraciones sobre la cuestión pendiente, que así se conoce la reforma agraria, la existencia de un Gibraltar granadino suena a régimen colonial y, más aún, cuando ese territorio se utiliza para organizar cacerías, que hieren la sensibilidad de los empobrecidos jornaleros.
En 1884, las Cortes de España concedieron a Arthur Wellesley, por la participación del ejército inglés en las Guerras de España contra la invasión napoleónica, una extensa propiedad cercana a Granada, que ocupaba gran parte de lo que en la actualidad forman los municipios de Fuente Vaqueros, Puente Genil e Íllora... Lugares tan conocidos como El Soto de Roma, el Molino del Rey, estaban dentro de ese Gibraltar. Al duque de Wellington, que también recibió el título nobiliario español de duque de Ciudad Ro-drigo, mantiene aún en Alomartes una enorme finca de tres mil fanegas, dedicada básicamente a coto de caza, aunque tiene ganado lanar y tierras de olivar y labranza. No mantienen ni buenas ni malas relaciones con sus vecinos, salvo las que quedan al arbitrio de su administrador, que habitualmente no son cordiales. Alomartes, un pueblo dependiente del municipio de Íllora, registra índices altos de paro. Sus vecinos se indignan porque aquellas tres mil fanegas, como han logrado los colonos de las otras propiedades, pueden ser una solución a sus graves problemas económicos. Y aún se indignan más cuando contemplan el espectáculo que allí se les ofrece.

Por esta época que estamos recordando, los duques de Wellington ofrecen cacerías muy sonadas, que atraen a la prensa nacional e internacional. Una de éstas tiene trascendencia pública por el invitado excepcional y el trasfondo sentimental que lo rodea: Felipe de Inglaterra, el príncipe de Gales. Los Wellington abrigan las esperanzas de casar al futuro rey de la Corona Británica con su hija, Ana Wellesley. La ocasión es propicia para fomentar esas relaciones con una cacería, jaleada por los jornaleros de las poblaciones vecinas, para poner a tiro las perdices que habrán de cazar y comer los enamorados y su corte. Por la noche, la pareja  visita la Alhambra iluminada. Y después... se frustra el invento, aunque los Wellesley siguen manteniendo excelentes relaciones con la Corona. Más adelante llegan también la princesa Ana y el capitán Philips. El duque de Wellington comprará años más tarde otra finca en Agrón, para dedicarla exclusivamente a coto de caza. Ambas propiedades serán más tarde carne de cañón para levantar las aspiraciones frustradas de la tardía reforma agraria, que llegaría a Andalucía con más de medio siglo de retraso.
De la primera cacería real, guardo un recuerdo entrañable de Armando López Murcia. Mientras María Dolores Fernández Fígares y este reportero seguían los pasos de la pareja de enamorados, camuflados entre los jaleaores, Armando tenía que esperar en otro punto para hacer la fotografías de la exclusiva para Ideal. Pero había empezado a llover y Armando no aparecía. Y es que resulta que el muy coqueto se había resguardado de la lluvia, encerrado en su coche, porque corría el riesgo de que se cayera el tinte que se había puesto por la mañana para disimular los mechoncillos de canas que salpicaban ya su cabeza de estirpe arábiga. Hago este comentario con enorme cariño con un reportero gráfico, con el que viví jornadas periodísticas inolvidables. En su homenaje, referiré otra que es indicativa del poder que la Televisión (la única) ejercía sobre el pueblo. Armando era cámara de TVE y ese puesto era como desempeñar un cargo público de relevancia, o por lo menos, así lo llevaba a gala. Fuimos en una ocasión a Gor para hacer un reportaje sobre su renombrado encierro taurino, que se celebraba a primeras horas de la mañana, y a continuación la procesión del patrón. Pero, como tantas otras veces, llegamos tarde; y como tantas otras veces, Armando tenía arte y recursos para encontrar una salida. La gente tenía tantas ganas de televisión, que se arremolinaron a nuestro alrededor, con el cura también de por medio, para expresar sus quejas y decepciones por no salir en la pantalla. Pero a Armando no se le ocurrió otra salida que decirle al cura que tocara otra vez las campanas, que se revistiera con los ornamentos propios de la solemnidad y repitiera la procesión. Y así fue como los vecinos de Gor lograron salir en la tele, por primera vez en su historia, y Armando pudo dejarnos esa joya para el anecdotario del periodismo granadino de la época.

Los forajidos de Henry Fonda y El Lute.
Este verano caluroso llega Henry Fonda al hotel Las Vegas de Granada. Alto, delgado, parecía mentira sentarse a su lado, fijarse en su mirada penetrante e inconfundible mientras habla del compromiso político de su hija Jane Fonda y Marlon Brando con los indios. Venía de paso a rodar Mi nombre es nadie por los desiertos de Guadix y Almería, donde silbarían las balas y se vería la silueta del jinete cabalgando  por  la  llanura.

Los forajidos que persigue Henry Fonda forman en nuestro escenario de la realidad la banda de Eleuterio Sánchez, El Lute, y sus hermanos, El Toto y El Lolo. El Lute es el forajido más buscado por la Guardia Civil. Un quincallero que había huido de la justicia por delitos menores y que lleva en jaque a las fuerzas del orden por su capacidad para fugarse de la cárcel y para vivir al margen de la ley con sus hermanos. Como en la época de los bandoleros, El Lute adquiere pronto un halo de heroicidad y de leyenda en las capas populares y capta la atención de toda España, que sigue sus andanzas a través de los medios de comunicación. Se dice incluso que El Lute es un invento del franquismo para distraer la atención; pero ese fue un mensaje subliminal de los muchos que se lanzaban cuando se pretendía buscar los tres pies al gato de las cosas que ocurrían por las leyes de la realidad.

El Lute es El Lute sin trampa y, si no, no hubiera pasado tantos años en la cárcel. En los primeros meses de este año, el famoso quincallero y sus hermanos aparecen en Granada. Viven camuflados en un piso del camino de Ronda. En una de sus salidas al campo, El Toto, Raimundo, de 19 años, el más pequeño de la banda, le echa el ojo a una gitanilla de doce años, llamada Emilia, de la familia de  Los Gatos, de Domingo Pérez. Los Gatos constituyen una prole numerosa de gitanos, que se encuentra recogiendo aceitunas en las cercanías de Granada. La historia va a mayores cuando El Lute se fija en otra chica, Frasquita, de 14 años. Los Gatos se ponen muy contentos porque aquellos señores enseñan billetes y se portan como unos caballeros. Eleuterio y Raimundo hablan con el patriarca de la familia, el padre de Frasquita y a la vez abuelo de Emilia, para pedirlas en matrimonio por el rito gitano. Los novios comprometen una buena dote. Y así es como el 20 de marzo, en un puente del Genil, cercano a la capital, se casan  El Lute con Frasquita y El Toto con Emilia ante sesenta familiares que celebran la boda. Del Gato padre, que grabé su testimonio, extraigo ese pasaje de su memoria: “Esa misma noche, 20 de marzo, la mujer de mi José, parió allí mismo, al lado de unos matorrales. Le cortamos la tripita al churumbel, le llamamos Juan, otro Gatillo, y otra vez al jaleo. Cuatro días estuvimos sin parar hasta que llegó un brigada de la Guardia Civil. Me dijo, al ver tanta botella por allí,  qué era lo que hacíamos. Le dije que de boda. Me cacheó y me  recogió una navajilla que tenía yo, porque como no tengo dientes... Y después nos hizo levantar el campo y fuera. No me preguntó quién era el novio. Mi yerno estaba allí cerca, con gafas oscuras y un buen bigote, leyendo un libro. De allí nos fuimos a un polvorín abandonado que hay en Atarfe. Mi yerno se volvió a reunir con su mujer y con todos nosotros. Hasta el quinto día  de boda, no hizo lo que se dice vida de esposa con El Lute. El día 25 de marzo se fueron a vivir a la Redonda, con la Emilia y El Toto. Nosotros seguíamos pensando en el buen casamiento que había hecho la Frasquita”.
De Granada, las dos parejas se van a vivir a una barriada marginal de Dos Hermanas, en Cerro Blanco. Primero es detenido El Lute y después su hermano. La Policía envía a las niñas a sus domicilios de Domingo Pérez. Se acaba la historia. Aunque realmente, continuaría: Frasquita, no estaba embarazada como hubiera querido su padre, tener un nieto de El Lute; pero Emilia, la más pequeña, sí tuvo un niño de El Toto. Eleuterio se rehabilitó en la cárcel, hasta el punto de cursar los estudios de Derecho. En cambio, a El Toto le persiguió la mala suerte y murió a consecuencia de un tiroteo. Era su destino. El Lute escribió sus memorias, cuenta esta historia de la niñas de Granada a su manera, se convirtió en un personaje de película y se dedicó a la abogacía. No todos los forajidos han sobrevivido para defender las causas de su gente y menos aún los que cazaba Henry Fonda, que acababan en la horca  o acribillados a balazos en un desierto de Oklahoma o de Almería, que también vale para la ficción.

Un ministro granadino y la voladura de Carrero.
Franco promociona a su delfín, se reserva para sí la Jefatura del Estado, como Generalísimo de todos los poderes, y delega la presidencia del Gobierno en el almirante Luis Carrero Blanco en junio de 1973. Su nombramiento produce un gran regocijo en el Opus Dei (la Obra), del que el marino era miembro, y no tanto a los falangistas de Girón de Velasco y compañía. Con Carrero, se garantiza la continuidad del franquismo y la posibilidad de una reforma política controlada. Las previsiones de Franco son dejarlo todo atado y bien atado. El nuevo presidente nombra su gobierno, en el que se introducen dos nombres andaluces: el falangista malagueño José Utrera Molina, colocado en el Ministerio de la Vivienda; y, un hombre totalmente desconocido en política, pero miembro del Opus Dei, Julio Rodríguez Martínez, al frente del Ministerio de Educación y Ciencia. El nombramiento de este catedrático, de 45 años, natural de Armilla, afincado en Madrid, ha sido de carambola, según las lenguas políticas de la época. Cuando a Franco le comunica Carrero que un catedrático granadino se hará cargo de la cartera de Educación, el general piensa que se trata del prestigioso catedrático de Derecho Político y ex rector de la Universidad granadina, Luis Sánchez-Agesta; pero cuando quiso caer en la cuenta, su leal almirante le aclara la confusión. Para Granada es también una sorpresa y una noticia de primera página en Ideal: “Primer ministro granadino de los gobiernos de Franco”. Tengo la oportunidad de entrar en la casa del flamante ministro para hacerle una entrevista de urgencia. Su casa rebosa alegría. El matrimonio aparece feliz con sus cinco hijos. De sus declaraciones, he entresacado una en la que Julio trata de buscar la definición de su personalidad política: “Soy liberal... ser liberal no es, como algunos lo interpretan, pasarme los semáforos en rojo”

Pero sería precisamente este nuevo liberal de Carrero y de Franco, el primero en saltarse los semáforos en rojo al anunciar que el curso escolar (calendario juliano) empezaría en enero. Pero su extravagancia académica será flor de un día. Todavía no se había hecho con el timón de su cartera, cuando un atentado de ETA acaba el 20 de diciembre con la vida de Carrero Blanco. En el funeral de la víctima, el  ministro comete la inexplicable imprudencia de negarle el saludo al cardenal Vicente Enrique y Tarancón. El primer ministro granadino de los Gobiernos de Franco dura escasamente seis meses. En tan breve espacio de tiempo se ha hecho notar. Para el ministro es un golpe duro quedarse sin padrino y sin cartera ministerial. Aún peor lo es para Mariperta, que le había cogido el aire al palacio de El Pardo donde se desenvolvía como si estuviera en el hotel familiar de Motril, con sus cuitas con doña Carmen Polo de Franco, sorprendida del desparpajo que aquella dama motrileña desarrollaba en palacio. Para mayor desgracia, Julio Rodríguez Martínez, atrincherado ya en sus convicciones políticas, viajó más  tarde a Chile. Y fue allí, en el país del general Pinochet, donde el catedrático granadino encontró, por desgracia, la muerte repentina.
La muerte de Carrero Blanco es espectacular. ETA había preparado minuciosamente el atentado. El coche blindado del presidente del Gobierno salta por los aires. Se eleva hacia los cielos en una nube de polvo. A Franco se le desata el nudo más importante de la sucesión. Ya no está todo atado y bien atado, con el sucesor del almirante: Carlos Arias Navarro, un fiscal que había adquirido triste fama en Málaga en la posguerra. En su nuevo gobierno ya no figura el ministro granadino.
Visto desde la perspectiva de aquellos días, el atentado fue un éxito de ETA y un favor que los terroristas le harían a la oposición al acabar con el hombre que tenía todas las bendiciones para suceder a Franco y controlar cualquier proceso de transición. Pero con el tiempo, la política española habría de pagar muy caro aquel magnicidio que llevó a ETA a instalarse en una nube de terror aún más espesa y duradera, que la que habían formado con la voladura del coche del almirante.

La nube de La Rábita.
Aquella noche del 19 de octubre los cielos descargan sin piedad una terrible nube sobre la provincia. Desde hacía once años, con el triste recuerdo de las inundaciones de 1962, no se cernía sobre Granada una desgracia tan grande. El núcleo del dolor, las aguas de la muerte, las que bajan por torrentes, se arrojan sobre La Rábita, localidad costera del municipio de Albuñol. Otros pueblos de Granada y Almería son también brutalmente golpeados por la mala nube:
“Tormenta mortal: más de medio centenar de víctimas... Otras zonas damnificadas son la costa granadino-almeriense: la Baja Alpujarra, Guadix-Baza, Montes Orientales, cuenca del Almanzo-ra...” La gente se refiere a su desgracia como la tragedia de la nube. La Rábita se cubre de llanto y de luto. Se cuenta casa por casa, de las más pegadas al mar, las que están en los barrancos, a los vecinos desaparecidos. Los cadáveres los arroja de vuelta el mar. Las familias de los pescaderos están destrozadas y hundidas. Una calamidad, que presenciamos en directo los periodistas al llegar a un escenario de barro, desolación y muerte. Pronto asoman las autoridades, el ministro de la vivienda, Utrera Molina, con el gobernador civil, Leyva Rey; y una jornadas después los Príncipes de España Juan Carlos y Sofía traen el consuelo a tantas familias que se han quedado sin hijos, sin padres, sin hermanos, sin casas, sin barcos, sin redes; y sin tierras, sin invernaderos, sin futuro.

La maldita nube, que había golpeado en La Rábita y El Pozuelo, se había originado en el Cerrajón de Murtas y había descagado también sobre numerosas poblaciones alpujarreñas, que las dejó en la ruina, con pueblos y aldeas aislados, como pudimos comprobar recorriendo los pueblos damnificados a lomos de una mula con el alcalde de Murtas, Antonio Valverde Fernández; o cruzando las aguas del Guadalfeo, que se llevó cuantos puentes encontró a su paso, entre ellos, el que unía Torvizcón con la otra orillas de Almegíjar y los pueblos de la zona, que cruzamos, cuando las aguas estaban más calmadas, gracias a que Ricardo Martín Noguerol bajó con su burra a rescatar a los dos reporteros de Ideal, a su hijo Ricardo Martín y a mí, para subirnos hasta el huerto de la tía Eloísa Noguerol, todo un símbolo de mujer alpujarreña, desde donde se divisa la dimensión de la tragedia marcada en el cauce del Guadalfeo hasta Órgiva y Motril. Sin pretenderlo, emulábamos las andanzas periodísticas de Seco de Lucena cuando, con ocasión del Terremoto de Alhama (y Arenas del Rey, Fornes, Játar, Santa Cruz del Comercio..., localidades visitadas por el Rey Alfonso XII), en 1884, recorría a caballo las zonas afectadas, publicando las crónicas en El Defensor de Granada, antes de que las autoridades llegaran a los escenarios destruidos por el terremoto.

Y así, cuando llegamos a Guadahortuna, el pueblo más afectado de los Montes Orientales, llevaba cuatro días esperando a las autoridades y al vernos llegar el alcalde, José Vera Martínez, nos ofrece a cada uno un par de botas para que conozcamos la gran inundación que padecen. Porque sabe además que las autoridades los tomarán más en consideración, como efectivamente así sucederá, cuando las fotos de las calles, con un metro de agua, aparezcan en la prensa, relatando además la hazaña de Ana Galera, la niña de doce años que tuvo el coraje de salvar a sus cinco hermanos, a su madre y a una prima de seis meses, a los que fue pasando desde una ventana de su casa, atravesando un tejado, hasta ponerlos a salvo  en la casa del alcalde.

Historias heroicas, anónimas, inolvidables. Después, al apagarse el efecto de la noticia, en cada pueblo, en cada casa, vivieron en silencio la reconstrucción de sus vidas con una entereza admirable. Queda el nombre de La Rábita, como la tragedia de la mala nube. Además de esas nubes de la muerte traicionera, quedaban todavía sin despejarse  las manchas negras que impedían ver la libertad en nuestra tierra.
   
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