Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
29 de junio de 2017
 

 
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  1973
  Juan Teba
  Un sueño
  Empezaba el sueño. Andalucía tendría que recorrer un largo camino para conseguir la autonomía por el 151. En este año el franquismo salía con miedo, de las cavernas en Andalucía, unos jóvenes ilusionados tomaban las riendas de la transición democrática que ya se intuía en el horizonte.

Muy probablemente, la Transición política ha ido la criatura más bella y reconfortante de todas la que ha dado a  luz este complicado país a través de los tiempos. Tendríamos que empezar por reconocer que su periodo de gestación no fue normal pues abarcó casi cinco años, intensos y convulsos; desde la primavera de 1968 hasta llegar al alumbramiento en las últimas rampas de este año de 1973, si bien la existencia de la nueva y espléndida criatura no fue reconocida multitudinariamente hasta finales de 1975, e incluso universalmente unos años después. Un año, el del 73, en el que los obreros empezaron a organizarse con fuerza alrededor de Comisiones Obreras, con fuerza e implantación en las principales industrias andaluzas -'Huelga general de Intelhorce' y encierro en la Catedral de Málaga-, con una emigración que sangraba el campo andaluz, la vuelta clandestina de históricos comunistas, y la paulina  implantación de dos partidos  políticos llamados a no entenderse como fueron el PSOE del joven sevillano Felipe Gonzáez y el socialismo autogestionario, con vocación regionalista-nacionalista, que estuvo en el origen de la Alianza Socialista de Andalucía (ASA), liderada por el concejal sevillano Alejandro Rojas Marcos.

Un año siniestro. Si tuviéramos que confeccionar un titular para presentar 1973, escribiríamos: 'un año siniestro', y si tal titular requiriese un sumario. éste podría valer 'Entre la escalada de la guerra del Vietnam y el magnicidio de Carrero Blanco, pasando por la muerte de los tres Pablos, Picaso, Neruda y Casals, el embargo del petróleo, y la caída y asesinato de Salvador Allende' Pero hubo más trazos dramáticos en 1973: Manolo Caracol y Nino Bravo dejaron su vida en la carretera y una tromba de agua provocó en la localidad granadina de La Rápita cuarenta víctimas mortales. En el proceso a la democracia que arrancó definitivamente aquel año, Andalucía no se quedó esta vez descolgada. Al contrario, aportó vanguardias de calidad, pese a la inexistencia entonces de una derecha civilizada mínimamente organizada. Así fue si así os parece.

A principios de aquel año, el secretario general del PSOE, Rodolfo Llopis, en el exilio desde la finalización de la Guerra Civil, tenía motivos más que suficientes para estimar que su liderazgo estaba agotado irreversiblemente. Un grupo de jóvenes  militantes del 'interior', vascos y andaluces, fundamentalmente, venían cuestionando seriamente su línea  política durante los tres últimos años, hasta el punto de llegarse a una  situación sin retorno en el verano del 72 que provocó dos congresos de la organización en el intervalo de cuatro meses  y que la Internacional Socialista crease una Comisión Especial para estudiar el caso planteado por la radical contestación que provocaba en la militancia del interior (en la clandestinidad) la gestión de Llopis, actos, actitudes y posiciones que acabaron propiciando el histórico congreso de Suresnes (Francia). Finalmente, tras múltiples contactos establecidos por la Comisión Especial, su dictamen representó la muerte política de  Rodolfo Llopis, al considerar legal el congreso auspiciado por los jóvenes militantes del interior, entre los que figuraban los andaluces Felioe González, Luis Yáñez.  Alfonso Guerra,  Manuel Chaves, José María Romero, Guillemo Galeote, Carmen Tagle, Isabel Pozuelo, Pablo Juliá, Carmen Hermosín y algún que otro más. La Facultad de Derecho de Sevilla, fundamentalmente, y el despacho de laboralista que llevaba Felipe  González y compañeros, fueron puntos álgidos para ir extendiendo la militancia socialista entre los  jóvenes, con muchos recelos de los 'históricos', en especial de quienes durante años habían sentido en sus carnes el olvido, la marginación y, en no pocas ocasiones, la persecución en los pueblo andaluces.

Jóvenes desconocidos. Gente muy radicalizada en sus planteamientos teóricos y que veía socialdemócratas por podas partes, lo peor que se podía ser entonces, desde posiciones de izquierdas.. Un grupo, también, muy permeable con respecto a posibles incorporaciones de presuntos simpatizantes si sus orígenes  familiares e izquierdas no estaban claros. Unos militantes y un partido irreconocibles  desde la perspectiva del año 2000. Una irreconocibilidad, desde luego, extendible a todos los partidos de la época, a sus líderes, 'compañeros de viajes', exégetas y a todo el país de norte a sur y de este a oeste. Unas suspicacias por la que aquellos jóvenes tuvieron que pagar un alto precio: fueron unos perfectos desconocidos para la mayoría de los círculos antifranquistas de la época más o menos organizados contra el Régimen. Quince años después, hacia 1988. el que fuera gobernador civil franquista en Sevilla y ministro en varios gobiernos del general Franco,  José Utrera Molina, afirmó en una entrevista periodística: "En Sevilla, Jamás oí hablar de Felipe González ni de Alfonso Guerra". Sin embargo, los miembros del grupo venían desarrollando una intensa actividad política clandestina desde finales de los años sesenta. fue  a partir de la elección de Felipe González como secretario general del PSOE en el congreso de Suresnes cuando alcanzaron notoriedad pública.

Pero si los socialistas que 'cabían en un microbús'  seleccionaban no sólo a los 'compañeros de viaje' y sus propios movimientos en la realidad franquista de la época, los comunistas no tenían opción de la más mínima presencia ni en las alcantarillas de la clandestinidad; ser detenido por la policía entonces acusado de pertenecer al Partido Comunista de España (PCE) podía suponer una condena de quince o veinte años de cárcel. En realidad los escasos supervivientes comunistas andaluces del periodo republicano o se encontraban en el exilio como Manuel Delicado, Antonio Mije, Tomás García e Ignacio Gallego, o en la más absoluta clandestinidad, como los hermanos Benítez Rufo. Así pues, todo intento de resurrección del partido sólo podía venir por parte de los nuevos comunistas nacidos y crecidos en la España franquista y que, además, contaran con una actividad legal.

Y así fue como  a partir de la reorganización del movimiento obrero en Andalucía, fundamentalmente la central sindical Comisiones Obreras (CC OO), un movimiento social y cultural, en realidad, de la época, que desbordaba el estricto ámbito sindical  que aglutinó a progresistas  e izquierdistas de las más distintas procedencias, fue el marco social y político en el que surgieron los nuevos líderes comunistas que ocuparían notables espacios de protagonismo a lo largo de la transición política.

La Brigada Político Social y el Tribunal de Orden Público trabajaban a destajo, no sólo en la persecución de los 'peligrosos comunistas' en los centros universitarios, sino que muy especialmente se dedican a desarticular las células comunistas en los pueblos o barriadas obreras. Ignacio  Gallego,en sus clandestinas visitas a Andalucía, contaba que desmontaban el Partido Comunista de España (PCE), al poco renacía con más fuerza, sobre todo buscando apoyos en movimientos sociales, de cristianos comprometidos y movimiento obrero, cada vez más pujante en ciudades como Sevilla, Málaga y Cádiz, en los núcleos industriales.

Significativamente, tres de los líderes obreros emergentes de entonces, Fernando Soto, Eduardo Saborido y Paco Acosta, habían comido en la cárcel las llamadas uvas de la suerte en la nochevieja de 1972. Los tres eran militantes del  PCE y aguardaban en la prisión ser juzgados acusados de pertenecer al grupo fundacional de las ilegales CC OO. Sin embargo, la alta temperatura política sólo era detectable en círculos muy concretos: determinados ambientes literarios y artísticos, en una universidad superpolitizada en la que era difícil encontrar una facultad un metro cuadrado de pared que no estuviera ocupado por pasquines políticos de significaciones diferentes, en  las redacciones periodísticas y en grupos políticos de oposición al Régimen.

Porque lo que era la ciudadanía estaba más pendiente de la crisis energética provocada por al guerra árabe-israelí que de la rumorología política; una país aquel de 1973 que vivió con enorme pesar las muertes de Pablo Picasso, Pablo Neruda y Pablo Casals, las tres por causas naturales, aunque la del chileno Neruda se podía relacionar claramente con los trágicos sucesos del golpe militar en Chile que derrocó al presidente Constitucional Salvador Allende en el mes de septiembre. Igualmente, la opinión pública española se sintió tristemente impresionada por los dos accidentes de tráfico que acabaron con las vidas de Manolo Caracol, uno de los más grandes intérpretes que ha dado la historia del cante gitano-andaluz, y e NIno Bravo, un cantante cuya memoria y  obra artística siguen vigentes en el país veintisiete años después.

En la primavera de aquel año monseñor Ramón Buxarrais fue nombrado obispo de Málaga, y naturalmente, nadie pudo sospechar la importancia que tendría para la sociedad malagueña, en particular, y para la  andaluza, en general, por su talante y actitud en los años siguientes. Semanas antes del nombramiento del obispo, el general Franco, acompañado por su mujer Carmen Polo, viajó por última vez en su vida a la capital malagueña para inaugurar en Marbella unas instalaciones sanitarias. Franco llegó a Puerto Banús a bordo del yate 'Azor'. La mayoría de los ministros ya lo estaban esperando en Incosol. Poco después, José Banús, era elevado a los 'altares' del puerto, colocándose su busto a la entrada de la torre de control. Es alcalde de Marbella un consumado franquista, Francisco Cantos y, José Antonio Girón de Velasco, el León de Fuengirola, en brillante alocución recordaba lso humildes orígenes de Banús como cuenta  Juan Carlos Reina en su libro Historias Secretas de Marbella.

Fue el año en el que la Universidad de Málaga comenzó su recorrido, tras dos años de intensas presiones políticas y populares, y el Partido Comunista de España, desarticulado, como sucediera en otras provincias andaluzas.

Nacionalismo andaluz. En la Andalucía política clandestina de la época, y junto a los escasos y advertidos socialistas y los nuevos comunistas que procedían de la actividad sindical, emergió a partir e aquel año como fuerza política organizada, aunque de mínima implantación social, un grupo formado por jóvenes profesionales e intelectuales, hijos de la escasa burguesía ilustrada de la época, liberal y antifranquista aunque beneficiada por el triunfo nacionalista. En el mes de noviembre dieron a conocer dentro de la realidad clandestina lo que se llamó 'Manifiesto fundacional de Alianza Socialista de Andalucía (ASA)'. Con el manifiesto, los miembros del grupo daban por superada la organización fundacional que  los unía, llamado Compromiso Político, S.A. (C.P.S.A.), una organización política, desde luego, pero enmascarada legalmente como una sociedad anónima. Una sociedad mercantil contra el franquismo y la dictadura. Uno de los miembros del grupo resumió en una frase las posibles razones del nacimiento de ASA: "Nos inventamos un partido político para no entrar en el PCE".Y es que entre los citados recelos de los socialistas para admitir en el partido a gente sin antecedentes familiares de izquierdas, muchos de los fundadores del ASA procedían, como quedó reseñado, de sectores beneficiados por el resultado de la Guerra Civil, y la dureza de la militancia comunista, que superaba en muchos casos los fervores izquierdistas de los fundadores de C.P.S.A., lo cierto es que aquel grupo de profesionales e intelectuales con fuertes inquietudes políticas se vio obligado a fundar ASA, una organización política de estructura clásica aunque inevitablemente clandestina que en poco tiempo se dio a conocer, si bien con intensidad desigual, a lo largo y ancho de Andalucía, consecuencia de un protagonismo mediático en la época muy superior a su implantación real que le confería la presencia, decir militancia sería excesivo, de no pocos periodistas en el grupo fundacional de  Compromiso Político y de Alianza  Socialista de Andalucía.

En el inicio,  parte  de sus componentes procedían del grupo de alumnos del profesor Manuel Giménez Fernández, catedrático de Derecho Canónico, que imbuyó en sus alumnos la responsabilidad política. De ellos, Alejandro Rojas Marcos, estuvo muy próximo a las Hermandades Obreras de Acción Cristiana (HOAC) sevillana, como Luis Uruñuela, que fue fundador y presiente de las Juventudes de Estudiantes Católicos (JEC). Este mismo profesor fue el que más influyó en el embrión de los socialistas andaluces, que un año más  tarde, se harían con el control del PSOE en el interior. El profesor Giménez Fernández, con sus enseñanzas favoreció las relaciones entre cristianismo de izquierdas y socialismo autogestionario. Alejandro Rojas Marcos, como fundador e impulsor del andalucismo en el 'tardofranquismo', tuvo un papel protagonista en en estos años, siendo el político que más se destacó en la recuperación del ideario de Blas Infante. Rojas Marcos, que sufrió destierro, sería quien con su coche, marca Renault 5 color rojo, recorrería toda Andalucía, con la fe de los iluminados, para ir levantando los cimientos de lo que años más tarde sería el Partido Socialista de Andalucía.

Así pues, el movimiento social, cultural, político y sindical que era en aquellos tiempos clandestinos CC OO. el PCE. el PSOE y ASA, cubrieron, junto con otras organizaciones marxistas como el Partido de los Trabajadores (PT) y otros grupos de tendencia troskista y marxista-estalinista, los primeros espacios políticos de una izquierda que se mecía entre el imposible sueño revolucionario de la Revolución de Octubre y una fantasía que desembocaba en un surrealismo inequívocamente sureño. La derecha democrática, que también tendría su participación en la transición, estaba aún más pendiente de cómo sería la liquidación del franquismo que de organizarse mínimamente. Porque de lo que no había duda, a todos los niveles, a finales de 1973 era de que el franquismo desaparecería el día después de la muerte del general Franco. Y si alguna duda anidaba en las almas más cándidas, todo quedó manifiestamente claro tras el magnicidio del almirante Carrero Blanco.. Pero eso fue en los últimos días del año, concretamente el 20 de diciembre. Y antes sucedieron hechos notables. El golpe militar de Pinochet, por ejemplo, contra el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, en septiembre, que se vivió por la izquierda andaluza como algo propio pese  los diez mil kilómetros de distancia entre el lugar del push militar y la realidad sureña española, lo que, de alguna forma, animó a los más indecisos a la necesidad de comprometerse políticamente aquí y radicalizó aún más, si ello era posible, a los grupúsculos de la izquierda radical, toda la izquierda de la época, realmente aunque con grados.

Y así, entre reuniones clandestinas e interminables de unos y otos grupos, numerosas movilizaciones de trabajadores, la profunda impresión que provocó los cuarenta muertos en La Rápita, en la provincia de Granada, debido a una tromba de agua y la tristeza ambiental que producía a la población acercarse a las vísperas de asl fiestas navideñas sin alumbrado en las calles por la causa de la crisis energética, se llegó a la mañana de 20 de diciembre A media mañana todas las poblaciones andaluzas eran un hervidero de rumores y noticias sin confirmar. Hasta que hacia media mañana ya no había lugar para la duda. El almirante Carrero Blanco, su chófer y su escolta policial habían fallecido en lo  que primero se dijo que era un accidente y, posteriormente, a primeras horas de la tarde se reconoció oficialmente como un atentado.

Mucha tensión en las calles, rumores de conversaciones contenidas. rostros desencajados, caras, también, que no podían disimular las luces de un júbilo irrefrenable, rostros felices, en algunos casos, de almas piadosas de toda la vida que suspiraban desde décadas por el final de la dictadura franquista. Hacia la caída de la tarde de aquel 20 de diciembre, tres jóvenes se reunieron en un bar de ambiente asturiano en la zona conocida como La Enramadilla de la Ciudad de Sevilla. Después de comentar entre cuchicheos el magnicidio de Carrero Blanco e intercambiar impresiones y datos, alzaron sus copas de sidra y brindaron por el futuro. El hecho no tendría la relevancia mínima para comentarse en este libro si no fuera por las identidades de los tres jóvenes. Respondían a los nombres de Felipe González Márquez, Alfonso Guerra González y Luis Yáñez-Barnuevo. Años después, el primero de ellos sería presidente del gobierno de su país. Y nunca en la historia europea se había dado aquella circunstancia: que el futuro presidente de un país europeo brindase por el magnicido de otro presidente del continente. Este año marcado por los primeros intentos internos de organizar la oposición, con acentuada presencia en la sociedad andaluza, sobre todo en las capitales, de movimientos sociales, de cristianos pro el marxismo y la fortaleza que iban tomando los movimientos obreros en su lucha contra el sindicato vertical, abre al esperanza de un camino que en estas páginas, a modo de crónica periodística hemos querido contar.
   
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