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  20 de junio de 2011
  Francisco Correal
  Ramón Carande:entre Belmonte y Joselito
  Tanto tiempo que produce escalofrío. Viajó en diligencia y en avión. La gran desventaja del primero de los medios de locomoción no era su lentitud, sino que careciera de azafatas. Ramón Carande Thovar nace en Palencia el 4 de mayo de 1887 y muere en la finca extremeña de Capela, término de Almendral, el 31 de agosto de 1986, festividad de San Ramón. Le faltaron ocho meses y cuatro días para llegar al siglo, aunque según las cuentas del calendario chino, que incluye los nueve meses de embarazo, le sobraron veintiséis días de centuria.
No se equivocaba Claudio de la Torre, su cuñado, director del teatro María Guerrero, cuando tituló una obra teatral Carlos V y don Ramón o la jubilosa jubilación, que representaron ante un auditorio familiar sus hijos Ramón y Bernardo Víctor. Carande se jubila en 1957, año en el que lo sustituye en la cátedra de Derecho Financiero Jaime García Añoveros, que sería ministro de Hacienda. A partir de ese año, el historiador palentino conoce una tercera juventud que alcanzó un insólito esplendor en sus quince últimos años de existencia, como pudimos comprobar los que tuvimos el privilegio de asistir a ese magnífico crepúsculo.
Había conocido a Kropotkin en Londres y en un jardín de Viena se cruza con Lenin, entonces Vladimir Ilich Ulianov, antes de que se produjera la revolución rusa de 1917. Al año siguiente llega Carande a Sevilla procedente de la Universidad de Murcia. Tenía los mismos años que el rey Alfonso XIII y en los estertores de la Monarquía ocupará durante un breve y tormentoso período el rectorado de la Universidad de Sevilla a cuyo claustro docente pertenece en la actualidad Rocío Carande, su nieta, profesora de Métrica Latina.
El año 18 es el de la llamada gripe española, que de un plumazo acabó con la vida de 150.000 compatriotas de don Ramón. Una gripe tan letal que el vulgo la conocía como el belmonte “por lo bien que mata”. Carande encuentra el antídoto contra la gripe. “El antídoto se llama, pura y simplemente, Sevilla”, escribe su hijo Bernardo Víctor Carande en el libro Regino y la cultura, biografía novelada de la primera juventud de su padre. No fue la gripe sino un toro negro zahíno el que dos años después acabó en la plaza de Talavera de la Reina con la vida de Joselito. Carande recitaba de memoria el titular periodístico del luctuoso lance.
El día de San Fermín de 1918 es nombrado alcalde de Sevilla Francisco de las Barras y Aragón, sevillano del barrio de Santa Cruz, que aparece en el libro de Carande Galería de raros. Un personaje extravagante, estudioso de líquenes, clasificador de cráneos de aborígenes, discípulo de Antonio Machado Núñez, abuelo de los hermanos poetas, en la cátedra de Historia Natural. Carande llega a Sevilla en un año de gripe política y efervescencia cultural. El 12 de octubre de 1918 sale el primer número de Grecia, revista quincenal de literatura en la que colabora otro de sus raros, el poeta ultraísta Isaac del Vando Villar.
En esa antología de rarezas humanas aparece un nombre que cambió el destino de Ramón Carande y condicionó su posteridad. En 1925 conoce en el Archivo de Indias a la norteamericana Alice Bache Gould, la única mujer de su Galería de raros. Es ella la que le sugiere el proyecto de investigar las finanzas del reinado de Carlos V. Carande llamaba a Carlos V el Atlante Patético y con él estableció una relación de dependencia científica similar a la que todavía mantiene John H. Elliot con el conde-duque de Olivares. Hay cierto paralelismo entre el rey y esta especie de valido diferido y socarrón. Los dos están enterrados en Extremadura: en Yuste Carlos V; en Capela, Carande. Los dos fueron quintos de Alemania: en 1911, siete años antes de llegar a Sevilla, Carande obtiene sendos doctorados en Múnich y en Berlín. Los dos fueron asiduos a la correspondencia. No hay otro monarca que iguale el acervo epistolar de aquel rey inquieto, itinerante; Carande era tan aficionado a la correspondencia, y doy fe porque me encuentro entre sus destinatarios, que fue nombrado cartero honorario. Su Libro de Viajes, editado con carácter póstumo, es una literatura viajera que pertenece al género epistolar: cartas que enviaba a su familia desde sus diferentes destinos, un acuse de recibo que se extiende desde su primer viaje a Italia en 1920 hasta una escala en Cáceres en 1985 de regreso de Oviedo, donde había recibido el premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales. Todas sus cartas viajeras, invariablemente, empezaban con el latiguillo Queridísimos.
Carlos V y sus banqueros es un punto y aparte en la historiografía española. Carande aporta su granito de arena para corregir una tendencia de un país que sentía desdén por la economía y mucha afición por la guerra. Y las guerras había que costearlas, las del Turco, las campañas de Italia, las guerras comerciales de Indias. Gastos que convierten la deuda española en “la más antigua de las conocidas”, como dijo Carande en su discurso de ingreso ante la Real Academia de la Historia. Lleva las cuentas de un rey que probablemente no fue primero de España ni quinto de Alemania. “Extranjero juzgan a Carlos los de aquí y los de allá”.
Carande mantuvo su fertilidad creativa hasta poco antes de morir. Su biografía es también la nuestra. Sus nietos saben latín y además lo enseñan. Por las obras de la ciudad de Sevilla, las líneas de autobuses 30 y 31 que en la ida pasan por la Avenida Carlos V, de regreso se desvían por la Avenida Ramón Carande por estar en obras la de Felipe II.
   
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