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  21 de junio de 2011
  Francisco Romacho
  José Rodríguez de la Borbolla.

Borbolla y el pecado original
  No hubo pasarelas para la nostalgia ni cobros de recibos pendientes. Doce años después, en Dos Hermanas, Pepe Romero, el hombre de todas las confianzas, los había convocado al calor de la segunda boda y segunda vida de Miguel Manaute en uno de esos días de Navidad en los que la niebla pone el decorado para ablandar la vida y dejarse abrazar. Los estragos del tiempo eran harto reconocibles: alopecias flagrantes, encanecimientos más o menos venerables y esa apacible redondez ventral que se adosa a los cuerpos desmintiendo dietas, saunas y gimnasios. Si el conciliábulo se hubiera producido allá por los primeros noventa, Carlos Sanjuán se habría pasado unas cuantas noches en vela y Enrique Linde se habría metido en el cuerpo algunos cartones de tacaco negro: el borbollismo que nunca existió atacaba de nuevo. Una cámara neutra y algo amable habría desmentido gozosamente cualquier atisbo de conspiración. Allí estaban sumados, bien es cierto, cientos de años de públicas ambiciones pero, muy por encima de cualesquiera otras consideraciones de fama y vanidad, aquellos tipos se sentían concernidos y trabados por un lazo tan poco común a la política como la amistad: José Miguel Salinas, Javier Torres Vela, Gaspar Zarrías, Eduardo Rejón, Jaime Montaner... aquella sobremesa fue uno de esos momentos deliciosamente inútiles que quedan para siempre en los anaqueles de la memoria. Y ante ellos, con ellos, desde ellos, sobre ellos, entre ellos, José Rodríguez de la Borbolla y Camoyán, tal vez no ya la voz de referencia pero siempre el jefe natural que hacía natural la convergencia.

Rodríguez de la Borbolla tiene en su código genético-político dos certezas absolutas que no mercadea y definen con exactitud la paradoja de su vida. Siendo el guardián de las esencias, el aparato por antonomasia, el hombre-organización, el que antepuso su ortodoxo concepto de militancia a cualquier otro en la escala de valor de su relación con el Partido Socialista, nunca llegó a pisar un milímetro del sancta-santorum que Manolo del Valle inmortalizó en la foto de la tortilla. En los desvelos sin cuento que precedieron a su defenestración, mientras Alfonso Guerra y Carlos Sanjuán preparaban con precisión quirúrgica su relevo de Monsalves con el ensordecedor silencio cómplice de Felipe González, Borbolla llegó a la conclusión de que su pecado original había sido dar los primeros pasos del baile de la transición en el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno. Y nunca sería “uno de ellos”.

El desempeño de Borbolla en las tareas de secretario general del socialismo andaluz es técnicamente impecable. Después de la zozobra constitucional de los sucesos de febrero del 81, del desmoronamiento de UCD como un azucarillo, del incesante golpeo del terrorismo, de la amenaza latente de una extrema derecha con asiento principal en cuarteles y sacristías, el PSOE parecía el único partido capaz de ofrecer cohesión interna y fortaleza política a una ciudadanía con el miedo metido en los tuétanos. En ese papel, un tipo rocoso y macizo dialécticamente como Borbolla encajó como un guante en la función. En Andalucía además, los recelos del partido hacia Rafael Escuredo, siempre al borde de la herejía, de una huelga de hambre o de un portazo, doblaron su protagonismo y su nombramiento como consejero de Gobernación en el primer gabinete legitimado por las urnas de la historia andaluza, no hizo sino confirmar su dimensión, casi orwelliana, de Gran Vigilante. Era tan predecible la tensión que a pocos metros del pistoletazo de salida ya había constancia pública de las desavenencias entre el presidente de la Junta y el secretario general. El atasco alcanzó tales dimensiones que les obligó a pactar. El acuerdo supuso un balón de oxígeno para Escuredo y el reforzamiento del papel institucional de Borbolla como vicepresidente con amplios poderes. Escuredo y Borbolla lograron un sorpresivo clima de cohabitación que se mantuvo firme hasta el final y que sólo se explica, muchos años después, por la pulcritud con que ambos cumplieron sus compromisos.

El celo de Borbolla, su contundente protagonismo orgánico, le llevó a momentos estelares, como no podía ser menos, en peliagudos episodios de crisis de identidad de su partido: el referéndum de la OTAN y la ruptura con UGT. La contundencia expresiva de Borbolla, ribetes escatológicos incluidos, volvió a confirmar que por encima de cualquier consideración siempre aparecía el militante galáctico que llevaba dentro. En ambos casos era también el presidente de los andaluces y se podría haber esperado un cierto adorno eufemístico, algún amago circular de los que Pujol ha hecho arquitectura política. Ahí están las hemerotecas y los vídeos de algunos informativos estatales que no se resistieron a subrayar aquella exuberancia de la palabra seca, por escribirlo de alguna manera. La intensidad de su dirección partidaria topó también en Andalucía con algunos sonados contratiempos, en plena euforia electoral, que fueron zanjados con la receta habitual. El más espectacular, la rebelión de los catetos granadinos, se saldó con la disolución del partido y la expulsión de una gruesa lista de militantes, alcaldes y concejales, que habían llevado hasta el abismo su concepto de “democracia interna”. Secretario general en estado puro.

Si el socialismo sevillano, Suresnes, el clan de la tortilla, Felipe y Guerra tenían a España en la cabeza y a eso (la pasada por la izquierda) se dedicaron con diez millones de votos como aval, a Borbolla le tocó tejer una “segunda generación” que impulsara al partido y al Gobierno capaz de gestionar un autonomía en la que muy pocos creían apenas unos años atrás, y que Escuredo les había puesto en bandeja a lomos de la épica. En ese afán, Trapiana hizo su trabajo en Almería; Gaspar Zarrías en Jaén; Javier Torres Vela en Granada; Alfonso Perales en Cádiz ; Salinas y Gracia en Córdoba. De forma tan vertiginosa como los tiempos, esa segunda generación fue tomando cuerpo, a la par que los presupuestos de la Junta, y un protagonismo que actuaría como detonador en su contra cuando las cañas se volvieron lanzas y el guerrismo devoró a sus propias criaturas. Es posible que nada de ello hubiera sucedido si todo se hubiera desenvuelto conforme a guión en el quinto congreso y Luis Yánez no hubiera sido relevado de la presidencia del PSOE-A.

En un exceso de poder que Borbolla no ha querido nunca reconocerle a su fuero interno, seguramente deslumbrado por los focos de aquella ubicuidad política, presidente y secretario, decidió mover pieza y darle la presidencia del partido a Antonio Ojeda, a la sazón también del Parlamento y abrir una herida que no se cerraría jamás. Yáñez, que sí había estado en la tortilla, singularizaba hasta entonces un papel estratégico: hacía de amortiguador de las voces críticas de andaluces que se alzaban en Madrid (Díaz Sol, Sanjuán, Navarrete, Ballesteros, López Carvajal, Amate) y restaba importancia a la creciente fortaleza y autonomía de decisión de Borbolla y su segunda generación, ya con importantes recursos que gestionar y, en consecuencia, repartiendo y manejando poder en nombre propio. Borbolla ganó el congreso con la gorra pero las nada veladas amenazas del propio Luis Yáñez en los pasillos del sevillano Hotel Los Lebreros se acabarían cumpliendo una a una. Para empezar, aquella defenestración de Caballos, en una de la más teatrales, soberbias y despiadadas sobreactuaciones de Guerra que se recuerdan.

Desde entonces no hubo tregua. Sólo un estoicismo sobrenatural (“aguanto más que un buzo debajo de agua”), surgido del mismo gen que su militancia innegociable, le ayudó a sobrellevar la escalada de guerrillas destinadas a desalojarle de la secretaria general primero y de la presidencia después. En los últimos meses, a pesar de los obuses que le mandaban todos los días, Borbolla apuró sus posibilidades a la espera de algún gesto de Felipe, sin entrar nunca en la batalla frontal y fiando todas sus posibilidades a la certeza de una gestión avalada mayoritariamente por las encuestas y un papel orgánico irreprochable cuando el partido lo necesitó. El día que Alfonso Guerra le comunicó en Madrid que no sería el candidato y sí Manuel Chaves, Borbolla no pudo reprimir la pregunta que le había estado horadando el alma desde hacía ya demasiado tiempo: ¿ por qué? Has cruzado la raya, le dijo Guerra. ¿Dónde está, quién la pone? repreguntó Borbolla. La raya la pongo yo, sentenció Guerra. El militante Borbolla volvió de Madrid amarrado de nuevo a su silencio.

Seis años antes, en los primeros meses del ochenta y cuatro, la precipitada? dimisión de Escuredo le pone en las manos la presidencia de Andalucía, algo que todos ven como un proceso natural, irreversible, escrito con mucha antelación en alguna parte y ejecutado sin mayor boato. Dotado de una gran capacidad organizativa, Borbolla es un jefe que jefa y  crea equipos sólidos. Después de un hombre chispeante, incorrecto y seductor como Escuredo,  su perfil minucioso, noblón  y tozudo se acrecienta por contraposición. El territorio andaluz estaba articulado políticamente con el Estatuto pero apenas habían llegado las primeras transferencias y el desarrollo económico es sólo un discurso. La transición parece haber echado el telón y una compleja realidad, dura como la historia de la propia tierra, se abre a los ojos del profesor de Derecho que sabe que la autonomía, aparte del himno, de la bandera y el parlamento, viene cargada de tanto subdesarrrollo y marginación histórica como de esperanza.

Siendo como es el más sevillano de los presidentes que siempre al borde de la herejía, de una huelga de hambre o de un portazo, doblaron su protagonismo y su nombramiento como consejero de Gobernación en el primer gabinete legitimado por las urnas de la historia andaluza, no hizo sino confirmar su dimensión, casi orwelliana, de Gran Vigilante. Era tan predecible la tensión que a pocos metros del pistoletazo de salida ya había constancia pública de las desavenencias entre el presidente de la Junta y el secretario general. El atasco alcanzó tales dimensiones que les obligó a pactar. El acuerdo supuso un balón de oxígeno para Escuredo y el reforzamiento del papel institucional de Borbolla como vicepresidente con amplios poderes. Escuredo y Borbolla lograron un sorpresivo clima de cohabitación que se mantuvo firme hasta el final y que sólo se explica, muchos años después, por la pulcritud con que ambos cumplieron sus compromisos.

El celo de Borbolla, su contundente protagonismo orgánico, le llevó a momentos estelares, como no podía ser menos, en peliagudos episodios de crisis de identidad de su partido: el referéndum de la OTAN y la ruptura con UGT. La contundencia expresiva de Borbolla, ribetes escatológicos incluidos, volvió a confirmar que por encima de cualquier consideración siempre aparecía el militante galáctico que llevaba dentro. En ambos casos era también el presidente de los andaluces y se podría haber esperado un cierto adorno eufemístico, algún amago circular de los que Pujol ha hecho arquitectura política. Ahí están las hemerotecas y los vídeos de algunos informativos estatales que no se resistieron a subrayar aquella exuberancia de la palabra seca, por escribirlo de alguna manera. La intensidad de su dirección partidaria topó también en Andalucía con algunos sonados contratiempos, en plena euforia electoral, que fueron zanjados con la receta habitual. El más espectacular, la rebelión de los catetos granadinos, se saldó con la disolución del partido y la expulsión de una gruesa lista de militantes, alcaldes y concejales, que habían llevado hasta el abismo su concepto de “democracia interna”. Secretario general en estado puro.

Si el socialismo sevillano, Suresnes, el clan de la tortilla, Felipe y Guerra tenían a España en la cabeza y a eso (la pasada por la izquierda) se dedicaron con diez millones de votos como aval, a Borbolla le tocó tejer una “segunda generación” que impulsara al partido y al Gobierno capaz de gestionar un autonomía en la que muy pocos creían apenas unos años atrás, y que Escuredo les había puesto en bandeja a lomos de la épica. En ese afán, Trapiana hizo su trabajo en Almería; Gaspar Zarrías en Jaén; Javier Torres Vela en Granada; Alfonso Perales en Cádiz ; Salinas y Gracia en Córdoba. De forma tan vertiginosa como los tiempos, esa segunda generación fue tomando cuerpo, a la par que los presupuestos de la Junta, y un protagonismo que actuaría como detonador en su contra cuando las cañas se volvieron lanzas y el guerrismo devoró a sus propias criaturas. Es posible que nada de ello hubiera sucedido si todo se hubiera desenvuelto conforme a guión en el quinto congreso y Luis Yánez no hubiera sido relevado de la presidencia del PSOE-A.

En un exceso de poder que Borbolla no ha querido nunca reconocerle a su fuero interno, seguramente deslumbrado por los focos de aquella ubicuidad política, presidente y secretario, decidió mover pieza y darle la presidencia del partido a Antonio Ojeda, a la sazón también del Parlamento y abrir una herida que no se cerraría jamás. Yáñez, que sí había estado en la tortilla, singularizaba hasta entonces un papel estratégico: hacía de amortiguador de las voces críticas de andaluces que se alzaban en Madrid (Díaz Sol, Sanjuán, Navarrete, Ballesteros, López Carvajal, Amate) y restaba importancia a la creciente fortaleza y autonomía de decisión de Borbolla y su segunda generación, ya con importantes recursos que gestionar y, en consecuencia, repartiendo y manejando poder en nombre propio. Borbolla ganó el congreso con la gorra pero las nada veladas amenazas del propio Luis Yáñez en los pasillos del sevillano Hotel Los Lebreros se acabarían cumpliendo una a una. Para empezar, aquella defenestración de Caballos, en una de la más teatrales, soberbias y despiadadas sobreactuaciones de Guerra que se recuerdan.

Desde entonces no hubo tregua. Sólo un estoicismo sobrenatural (“aguanto más que un buzo debajo de agua”), surgido del mismo gen que su militancia innegociable, le ayudó a sobrellevar la escalada de guerrillas destinadas a desalojarle de la secretaria general primero y de la presidencia después. En los últimos meses, a pesar de los obuses que le mandaban todos los días, Borbolla apuró sus posibilidades a la espera de algún gesto de Felipe, sin entrar nunca en la batalla frontal y fiando todas sus posibilidades a la certeza de una gestión avalada mayoritariamente por las encuestas y un papel orgánico irreprochable cuando el partido lo necesitó. El día que Alfonso Guerra le comunicó en Madrid que no sería el candidato y sí Manuel Chaves, Borbolla no pudo reprimir la pregunta que le había estado horadando el alma desde hacía ya demasiado tiempo: ¿ por qué? Has cruzado la raya, le dijo Guerra. ¿Dónde está, quién la pone? repreguntó Borbolla. La raya la pongo yo, sentenció Guerra. El militante Borbolla volvió de Madrid amarrado de nuevo a su silencio.

Seis años antes, en los primeros meses del ochenta y cuatro, la precipitada? dimisión de Escuredo le pone en las manos la presidencia de Andalucía, algo que todos ven como un proceso natural, irreversible, escrito con mucha antelación en alguna parte y ejecutado sin mayor boato. Dotado de una gran capacidad organizativa, Borbolla es un jefe que jefa y  crea equipos sólidos. Después de un hombre chispeante, incorrecto y seductor como Escuredo,  su perfil minucioso, noblón  y tozudo se acrecienta por contraposición. El territorio andaluz estaba articulado políticamente con el Estatuto pero apenas habían llegado las primeras transferencias y el desarrollo económico es sólo un discurso. La transición parece haber echado el telón y una compleja realidad, dura como la historia de la propia tierra, se abre a los ojos del profesor de Derecho que sabe que la autonomía, aparte del himno, de la bandera y el parlamento, viene cargada de tanto subdesarrrollo y marginación histórica como de esperanza.

Siendo como es el más sevillano de los presidentes que hasta ahora ha tenido la Junta, bético, capillita, apellido triple de ministro de Alfonso XIII, jesuita de Portaceli, niño bien de la más rancia sevillanía, Borbolla se instaló en sus dos palabras favoritas, vertebrar Andalucía, para desplegar el catálogo de soluciones territoriales. Había otras concepciones, incluso dentro de su propio Gobierno, más proclives a dotar a la capital, Sevilla, de una fortaleza centrípeta que la hiciera actuar como motor de desarrollo pero intuyó, por fortuna, que ese camino hubiera sido desgarrador para algunos territorios y hubiera herido de muerte un proceso autonómico sembrado de justificados recelos. Hizo que se muriera el sueño inútil y hermoso de la reforma agraria, un avispero que no hubiera traído más que dolores de cabeza en el proceso de construcción europea y se aplicó con su reconocido tesón a sumar infraestructuras y restar desigualdades. Con el 92 como gran excusa histórica, trazó una vasta operación de obras emblemáticas y equipamientos, con la A-92 como eje central, que cambiaron la faz de muchas ciudades y pueblos y que supusieron de hecho un salto cualitativo irreversible en la reciente historia de Andalucía, desde Sierra Nevada al Parque Tecnológico de Málaga. Como dijo Guerra con su plástica habitual, a Andalucía ya no la conocía “ni la madre que la parió”; curiosamente, uno de los artífices de tan espectacular cambio, tal vez el más significado, tuvo que irse casi por la puerta de atrás, víctima de una cruenta batalla orgánica dirigida por el propio Alfonso. La “California europea”, el eslógan más arriesgado y cinematográfico del reto de Borbolla le dio una última y audiovisual satisfacción en el tiempo extra de su mandato: Canal Sur. Sin duda una herramienta básica en el proceso vertebrador de Andalucía que tanto le obsesionó y una apuesta industrial de hondo calado, casi visionaria, que con el paso del tiempo le ha dado a Andalucía un peso específico en la sociedad mediática actual y ha corregido en buena parte un panorama seriamente deficitario y no menos colonizado, que sufrió en carnes con aquel burdo montaje de los langostinos de París.

En contraste con algunos espectaculares cambios de estilos y patrimonios, numerosos en aquella época, el paso de Borbolla por el poder se adosó de manera milimétrica a su sencilla forma de producirse en la vida. Su casa de la calle Espinosa y Cárcel, sus hábitos nada proclives a excesos, sus amigos de siempre, sus consejeros de siempre... no es difícil imaginar a Borbolla, o sea Pepote, en alguna parte del Aljarafe sevillano, poniéndose colirio en sus resecos y grandes ojos marrones, manejando un abanico con cierta maestría en una tertulia de mesa camilla y ponderando, por enésima vez, la grandeza de la voz casi telúrica de Rocío Jurado. Borbolla fue grande mientras estuvo (84-90) y creció aún más cuando se tuvo que ir. Si uno de los raseros con que los políticos se enfrentan a la historia es el de la forma de abandonarla, Borbolla lo hizo tal cual, sin ruidos de egolatría, sin victimismos, con algunas toneladas más de generosidad hacia su partido que de su partido hacia él. Tal vez por eso en Dos Hermanas, en aquella noche de Navidad doce años después, seguían estando casi los mismos practicando borbollismo en versión original.
   
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