Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de noviembre de 2011
  Antonio Ramos Espejo
  Caras de Bélmez y santos en vida
  Desde que la parasicología se adueñó de aquel extraño fenómeno de la química, del espíritu o de algún extraño médium, me fui olvidando de aquel rostro siniestro, que toda España y parte del extranjero conoció como “las caras de Bélmez”. Tuve la oportunidad de firmar la primera crónica (Ideal, 19 de septiembre de 1971) sobre esta historia a los veinte días de aparecer la pintura y di mi primera impresión de visitante y, a la vez, de reportero sorprendido e incrédulo. Recuerdo a María Gómez, de 52 año, y a su marido, Juan Pereira Sánchez, de 74. Personas modestas y buenas, que se comportaban y hablaban con naturalidad del rostro que había aparecido en la peana de su cocina, sobre una fina capa de cemento. Me pareció a primera vista un misterio, sin alcanzar a pensar en más profundidades. También podía sospechar que habría sido obra de algún humano, por supuesto ajeno a María, ingenuamente, sin prejuicios, ofrecía fotos de la criatura, a diez pesetas la copia, que le proporcionaba un fotógrafo de Huelma.

-Mire usted, me explicaba la señora, así se me apareció hace veinte días. Yo estaba guisando en mi hornilla de butano. Primero me creí que estaba mareada.. Luego llamé a las vecinas y vimos que era un rostro. Yo no sé si es un santo, si es un demonio, o lo que es... Un rostro. La gente viene a verlo, algunos dicen que le da un aire al Señor de la Vida, que lo quemaron en la guerra... No señor, créame, no es ningún truco. Nosotros somos gente honrada. Sobre esta chimenea siempre hemos hecho fuego con leña. Nunca hemos visto nada. En mi familia, no hay pintores, somos gente humilde que apenas si sabemos hacer la “O” con un canuto. Pregunte usted si quiere.

Hacía un año que hicieron nueva la peana del fogón. A los cinco días de aparecer, lo rasparon, le echaron una capa de yeso y volvió a surgir. Después se multiplicaron y la prensa nacional encontró un filón para entretener al personal. Bélmez de la Moraleda se convirtió en un pueblo famoso hasta que las aguas volvieron a su cauce y se fue apagando, ya no sé como, aquella historia que quedó para uso exclusivo de expertos y causas imposibles. No sé si tuvo mérito publicar aquella primicia que prendió después como una gran llamarada periodística. Pero treinta años después, guardo, eso sí, un recuerdo entrañable de María, que, además, permitió que el reportero gráfico de Ideal captara su imagen con las estampas del aquel rostro de dudosa divinidad.

Ya por entonces, andaba uno intrigado con estos asuntos de la Providencia. Si las caras me quedaron en un agnóstico interrogante, me sentí más atraído por los santos en vida que por estas buenas tierras de Jaén y Granada tanto me habían hablado. Porque se hablaba que más allá de simples curanderos o aprendices de médicos, sanadores con oficio clandestino, o brujos descarados, estos santos pertenecían a una escala superior en sus propios comportamientos y en su comunicación con las gentes que le profesaban esa devoción y reconocimiento. Entre estas dos provincias, en zonas amplias de influencias entre las comarcas de Alcaudete, Alcalá la Real, Íllora, Pinos Puente... se veneraba al Santo Cristo del Paño, de Moclín. Tenía fama milagrosa, pues se decía que de las yermas hacía mujeres fecundas. Federico García Lorca, de la cercana población de Fuente Vaqueros, tenía en su cuarto de niño un cuadro con la imagen de aquel Cristo tenebroso pintado sobre un lienzo o paño. Tanta influencia ejerció la imagen en García Lorca, que ya en su plenitud creadora escribió Yerma, basada en la romería de Moclín, también llamada de “los cornudos”. Muchos años después, José Martín recuerda escribió “El Cristo”, basado también en el señor del Paño y en la actitud de su párroco, que, arrepentido de haber hecho tanta devoción mercenaria, en un ataque de arrepentimiento, arrojó un cubo sobre el lienzo. Por fortuna, pudo restaurase y la obra sigue allí en su templo moclileño, despertando una devoción de masas, aunque alejada ya de las romerías que escandalizaban a la Iglesia.

El Señor del Paño desprendía tanto poder, que incluso lo tenía delegado. Y siempre era un santo varón el heredero de la gracia. Un poder que se pasaba de unos santos a otras. Hice también por aquellos años de las caras de Bélmez, un recorrido por el itinerario de los últimos santos. “Si tú Papa, yo Santo”, escribí en Triunfo para resaltar el fenómeno más natural de estos personajes, que el tinglado que se había montado el sacristán Clemente Domínguez y su autoproclamación de Papa de la Iglesia del Palmar de Troya.

En ese recorrido, camino La  Joya , aldea entre Frailes y Noalejo, atravesé Alcalá la Real. Me sorprendió ver a un niño, de unos once años, con una corona de flores de plástico, sobre su cabeza, vestido totalmente de blanco. Le acompañaban sus familiares. Y me dijeron que la noche anterior, el niño había tenido unos vómitos en el cortijo, y que se encomendaron, no recuerdo a qué santo me dijeron, y al chiquillo se le fue el mal, la sangre. Y lo llevaban a postrarlo ante la imagen de una iglesia de Alcalá en un acto que estaba dentro de los límites de la ortodoxia católica.

En La Joya encontró la casa del  Santo Custodio (Pérez Aranda), que hasta su muerte, acaecida décadas atrás, conservó el halo de santidad, que le había sido transferida por el Señor del Paño, que presidía esta especie de ermita en que había sido convertido este lugar de peregrinaje. Allí conocí a Enrique, el hijo del santo, guardián forzoso de la casa, que me pareció un alma en pena. Vi como desfilaban los peregrinos y depositaban sus ofrendas en una especie de sancta sanctorum, con un horripilante olor a cera quemada. Fotos de niños, de soldados, de novias... lazos de luto, mandas, coronas marchitas... La gente pedía, como último favor, sentarse en el sillón del santo por una promesa. A Enrique no le importó que yo le dijera era periodista, para sincerarme conmigo. Y así me dijo, ante la imagen del Señor del Paño: “El único que tiene grandeza es ése. Lo demás... Lo de mi padre era lo propio de un hombre bueno. y esto es que a las criaturas les da por estas cosas de mi padre. Y aquí estoy. No tengo más remedio. Pero lo mío es mi huerta, trabajar tranquilo, ¿me comprende? De manera que esto es lo que pasa con estas criaturas que le tienen tanta devoción a mi padre... (...) Aquí no se ve vende nada. Nada más que ver y rezar. En lo del Santo Manuel, pues yo no sé, dicen que va mucha gente y es una cosa como la de mi padre. Y parece que está bien montado. Hasta venden  fotografías de mi padre, que nosotros no sabemos quien las ha hecho”...

Este Santo Manuel, al que se refería Enrique, surgió al morir el santo Custodio. Manuel Ortega aprovechó el vacío dejado por su predecesor para instalarse en olor de santidad en la aldea de Los Chopos. La transmisión de poderes no se hace (porque todavía sigue) de padres a hijo y ante notario, sino ante el Señor del Paño. Normalmente, se sabe quién es el heredero por una especia de consenso social del entorno. A este Santo Manuel, lo heredó el también Santo Manuel (Rubio Sánchez), en el enclave de la Venta del Molinillo (entre Huétor Santillán y Diezma, en Granada). Este curioso santón, que  recibía llegó a recibir de regalo numerosos camiones, falleció hace ya dos años, y ya he perdido la cuenta del afortunado varón que haya podido quedar ungido por la gracia del Señor del Paño tras la muerte de este último. Pero creo que se ha roto el consenso y ya anda más de uno con la herejía a cuestas, que es como acaban todas estas cosas de aprendices de cristianos.

Conocí al Santo Manuel, de Los Chopos. Se había comprado una buena finca, en la que daba trabajo a muchos jornaleros, lo que le permitió crecer en santidad y hacienda. Llevaba un blusón blanco, ya estaba algo temblón, se asomaba a una reja que había construido para que los feligreses y feligresas no lo sobaran, sacaba del bolsillo del blusón blanco unos cartoncillos que echaba a los peregrinos como el que echa trigo a las palomas del parque: “Tomad, hijos míos”. Los cartoncillos tenían el valor de bonos de pan. Los devotos hacían promesas y ayudaban a alimentar el negocio. Siempre así sido así desde que la Iglesia empezó a organizar sus bienes materiales, Y estos santos rurales, olvidados de Roma, no iba a ser menos. Compró pan bendito del Santo Manuel en aquella tiene de comestibles y recuerdos, y me dispuse a hacerle unas fotos a aquel singular personaje. “Y además si llega a hacer fotos no salen. El tiene ese poder...”, me sugirió un devoto del lugar al tiempo que daba la voz de alarma ante la presencia del reportero intruso. Logré mi objetivo y  puse pies en polvorosa. El Sano Manuel fue generoso conmigo. No ejerció sus divinos poderes porque su imagen, detrás de la reja, quedó grabada en mi cámara. En el fondo, era buenos hombres y aún más buenas las gentes que confiaban en ellos porque les hablaban con su mismo lenguaje, aunque el cáncer no llegaran a curárselo ni a impedir que al niño le tocara la mili Sidi Ifni. Ahora, la televisión ha arrasado con estos santos de cortijos, para fabricar el modelo americano de los predicadores con programas propios de televisión. Así anda ahora la bruja Lola Montero y los Acebes de turno. Que dios nos libre de sus poderes. Ahora la gracia la reparten las cadenas de televisión, incluida la nuestra. Recemos al señor del Paño para que vuelva por sus fueros.
   
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